La delegación de la Comisión de Asuntos Exteriores del Parlamento Europeo que visitó China esta semana regresó con un mensaje inequívoco: que Pekín ejerza su influencia sobre el presidente ruso Vladímir Putin es, según los eurodiputados, una «precondición para normalizar las relaciones» entre la Unión Europea y China.
El eurodiputado Nicolás Pascual de la Parte, del Partido Popular Europeo, describió la postura china ante EFE desde Shanghái: los funcionarios chinos «no quisieron asumir ninguna responsabilidad» respecto a la invasión rusa de Ucrania y argumentaron que mantienen una «relación especial» con ambos países, justificando su equidistancia en parte por los más de 2.000 kilómetros de frontera compartida con Rusia.
El también eurodiputado español Javi López, del grupo socialista, señaló que durante las reuniones con altos cargos chinos —incluido el ministro de Asuntos Exteriores, Wang Yi— los interlocutores de Pekín se definieron como «un actor ajeno a la guerra». López calificó la invasión rusa de «brutal» y subrayó que ha supuesto una «rotura de la arquitectura de seguridad europea», instando a China a cumplir con su «gran responsabilidad» como miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU.
La advertencia más directa la formuló Pascual de la Parte: si Pekín se mantiene «al margen o equidistante», Bruselas lo considerará «una actitud hostil contra Europa». En sus palabras, lo que se dirime en Ucrania «no es solo el destino de Ucrania, es el destino de toda Europa, es toda la arquitectura de seguridad europea».
El eurodiputado también apuntó al factor económico que, según él, explica la postura china: Pekín estaría comprando petróleo y gas rusos «a un precio un 50% por debajo del mercado», lo que haría «mucho más competitiva su industria» frente a Europa. Esa ventaja, en su lectura, es el verdadero incentivo detrás de la equidistancia. Añadió que China percibe el conflicto como «un asunto realmente occidental», en parte por no sentir «la presión de los países del sur global».
El único punto de acuerdo que la delegación rescató fue que Pekín reconoce a Europa «un papel activo en cualquier proceso de negociación del conflicto en Ucrania».
Conviene mirar los incentivos. El diagnóstico europeo es correcto en su lógica: un actor que se beneficia materialmente de una guerra difícilmente ejercerá presión genuina para terminarla. Pekín no es neutral; es un beneficiario neto del conflicto, y la retórica de la «equidistancia» le permite mantener esa posición sin coste diplomático aparente. El problema para Europa es que las advertencias de reputación tienen escaso peso frente a descuentos energéticos estructurales.
El dato importa más que el ruido. La visita dejó claro que el diálogo existe pero los incentivos no se han movido. Mientras Pekín no perciba que el coste de su postura supera los beneficios económicos obtenidos de Moscú, las declaraciones de los eurodiputados seguirán siendo señales sin consecuencias verificables. La historia sugiere cautela ante la normalización de lazos que se anuncia como inminente pero que depende de condiciones que ninguna de las partes tiene, por ahora, voluntad real de cumplir.


