La frontera de Beni Enzar, única operativa entre España y Marruecos en la ciudad autónoma de Melilla, permanece cerrada. La delegación del Gobierno en la ciudad autónoma informó del cierre y pidió a la ciudadanía que no se desplace al perímetro fronterizo para no dificultar el trabajo de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad.
Según pudo comprobar EFE en torno a esa zona, donde se habría producido un intento de entrada a la carrera, se escuchan disparos. Efectivos policiales españoles están conduciendo a varios grupos de personas desde el área fronteriza hacia zonas alejadas del perímetro.
El episodio en Melilla se produce en paralelo a otra jornada de tensión en Ceuta, donde, según informó previamente El Universal citando fuentes de la zona, Marruecos empleó gases lacrimógenos y cañones de agua para dispersar a migrantes que intentaban cruzar hacia territorio español.
La presión simultánea sobre los dos enclaves españoles en el norte de África subraya la persistencia de una ruta migratoria que ningún acuerdo bilateral ha logrado cerrar de forma duradera. Italia, según recoge el mismo medio, estudia medidas dentro del espacio Schengen ante la crisis registrada en Ceuta, lo que añade una dimensión europea a una situación que Madrid gestiona, por ahora, como asunto de orden público interno.
El aparato de seguridad desplegado esta jornada —policía nacional, controles perimetrales, restricción de acceso civil— refleja la magnitud del operativo que España debe sostener de manera recurrente para mantener la integridad de sus fronteras exteriores, que son también fronteras exteriores de la Unión Europea.
Conviene mirar los incentivos. La ruta del norte de África hacia los enclaves españoles sigue activa porque los costos del intento de cruce, para quienes lo intentan, son percibidos como inferiores a los beneficios potenciales. Mientras esa ecuación no cambie —a través de acuerdos de retorno efectivos, cooperación policial sostenida con Rabat y una política europea de asilo con consecuencias reales— los operativos de emergencia serán el instrumento recurrente, no la solución estructural.
El dato importa más que el ruido. España lleva años gestionando esta presión con recursos de seguridad que tienen un costo para el contribuyente español y europeo, sin que el marco político comunitario haya producido una respuesta proporcional a la escala del fenómeno. La imagen de Beni Enzar cerrada y con disparos de fondo no es una anomalía: es el resultado previsible de aplazar decisiones incómodas sobre control de fronteras, acuerdos de readmisión y cooperación con los países de origen y tránsito. La historia sugiere cautela respecto a que esta vez el episodio derive en política.


