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Escasez de combustible en Rusia: la guerra llega a las gasolineras de Moscú

Los ataques ucranianos a refinerías y las distorsiones del aparato estatal dejan colas kilométricas en la capital rusa y erosionan el apoyo a Putin. El Kremlin responde con subvenciones y racionamiento.
Imagen ilustrativa
Internacionallunes 13 de julio de 2026

Moscú no es la excepción: es el síntoma más visible. Recorrer la capital rusa en automóvil basta para constatar que casi todas las gasolineras registran colas de autos y camiones, y las que no las tienen es porque ya cerraron por falta de existencias. Así lo documentó el corresponsal diplomático de la BBC en un recorrido reciente por la ciudad.

El origen de la crisis es doble. Por un lado, los ataques con drones y misiles ucranianos han golpeado refinerías de petróleo en territorio ruso, incluidas instalaciones cercanas a Moscú y San Petersburgo. Por otro, las propias ineficiencias del sistema de distribución interno agravan el desabasto. Rusia, uno de los mayores productores de petróleo del mundo, tiene dificultades para refinar suficiente combustible para satisfacer su demanda interna.

El impacto es ya cotidiano y tangible. En la localidad turística de Anapa, a orillas del Mar Negro, se desplegó a cosacos para mantener el orden en las colas. El racionamiento está generalizado; en muchas zonas se prohibió el uso de bidones de gasolina. Un alcalde de Siberia instaló baños portátiles para los conductores que esperan. Los servicios de autobús y la recogida de basura se han reducido en algunas regiones, y los agricultores temen por la cosecha de verano.

La respuesta del Kremlin combina negación y pragmatismo. El presidente Vladimir Putin reconoció en televisión estatal que los ataques ucranianos «obviamente están creando problemas», aunque insistió en que «no son críticos». Al mismo tiempo, las autoridades ya comenzaron a aumentar las importaciones de combustible, a subvencionar los precios y a permitir la venta de combustible de menor calidad, opción que preocupa a mecánicos y conductores por el posible daño a los motores.

Las cifras de opinión pública revelan el desgaste. Según el Levada Center, organización independiente, los índices de aprobación de Putin bajaron hasta situarse en torno al 74%. El número de rusos que creen que el país va por buen camino descendió al 52%, frente al 61% registrado en mayo. La encuestadora Gallup señaló que los rusos se mostraban más pesimistas sobre el estado de su economía que en cualquier otro momento de los últimos 20 años, con un 60% de encuestados que afirmó que las condiciones económicas en sus localidades estaban empeorando.

En las colas, los moscovitas mezclan resignación y cálculo. «Sobrevivimos a los 90», dijo uno de los conductores consultados por la BBC. «Recordamos épocas mucho más difíciles. Eso no nos asusta». Otros, en cambio, expresaron abiertamente que «se pierden horas para llenar el tanque» y que los precios suben por la escasez.

Conviene mirar los incentivos. El aparato estatal ruso lleva años absorbiendo los costos de la guerra mediante subsidios, controles y propaganda, con el objetivo de aislar a la población civil del conflicto. Esa estrategia tiene un precio fiscal creciente y, como muestra la crisis del combustible, límites físicos que ningún decreto puede ignorar. Subvencionar la gasolina y permitir combustible de menor calidad son parches que transfieren el costo al contribuyente y al motor del ciudadano, no soluciones estructurales.

El dato importa más que el ruido. Una economía de guerra sostenida sobre distorsiones de precios y racionamiento no es una economía que funciona: es una economía que se administra hacia la escasez. La pregunta que los líderes aliados deberían hacerse no es si la frustración en las colas de Moscú se traducirá en presión política inmediata, sino cuánto tiempo puede el Kremlin seguir pagando la factura de sus propias ineficiencias antes de que los parches dejen de alcanzar.

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