El cuerpo del ayatolá Ali Khamenei fue trasladado en camión por las abarrotadas calles de Mashhad el jueves, flanqueado por clérigos de turbante blanco y seguido por una marea de dolientes de negro que agitaban banderas iraníes, fotografías del líder fallecido y pancartas rojas con consignas revolucionarias. El destino final fue el Santuario del Imán Reza, el lugar más venerado del islam chiita en Irán y el más sagrado del país.
El entierro es la culminación de una semana de procesiones fúnebres que recorrieron Teherán, la ciudad clerical de Qom y los santuarios chiitas iraquíes de Nayaf y Karbala. El gobernador de Mashhad, Hassan Hosseini, fue citado por la televisión estatal diciendo que «espera 15 millones de personas» en la ceremonia. Al menos un caza acompañó el féretro durante el trayecto, reflejo del estado de alerta elevado en medio de las hostilidades renovadas.
Entre la multitud que esperaba el cortejo en el calor de julio, las consignas de venganza dominaron el ambiente. «¡Juro por la sangre del líder supremo, Trump, te mataremos!», coreaban grupos de asistentes. Mujeres sostenían pancartas con la leyenda «Kill Trump»; en la fachada de un hotel llamado Miami se desplegó una pancarta con una caricatura del presidente estadounidense Donald Trump con una recompensa sobre su cabeza. Otro cartel mostraba al primer ministro israelí Benjamin Netanyahu con el mensaje en inglés: «There will be blood».
Mohammad Afsharian, un comerciante de 41 años presente en Mashhad, resumió el estado de ánimo: «La gente aquí busca venganza. No sé cuál es la historia de la diplomacia, pero toda la gente lleva banderas rojas en señal de búsqueda de venganza».
La ausencia pública de Mojtaba Khamenei, proclamado líder supremo por una asamblea clerical una semana después de la muerte de su padre, añade una capa de incertidumbre al momento. Según fuentes citadas por Times of Israel, sufrió heridas graves en el mismo ataque del 28 de febrero que mató a Ali Khamenei: el rostro desfigurado y las extremidades seriamente dañadas. Fuentes en Teherán indicaron que se está recuperando, pero que aún no está en condiciones de hacer apariciones públicas; los servicios de seguridad también buscan limitar su exposición ante la posibilidad de nuevos ataques estadounidenses. Desde el inicio de la guerra no se ha publicado ninguna imagen, video ni grabación de voz suya.
La semana tampoco estuvo exenta de tensiones internas. El lunes, el presidente iraní Masoud Pezeshkian y el canciller Abbas Araghchi fueron increpados, insultados y agredidos físicamente por miembros del público durante los actos fúnebres, según la misma fuente, que los calificó de insuficientemente radicales.
En paralelo, el gobierno de Trump declaró el miércoles que el acuerdo de alto el fuego provisional firmado con Irán estaba «terminado» y amenazó con más ataques. Según el New York Post, Estados Unidos reanudó los bombardeos esta semana e impactó aproximadamente 90 objetivos en dos días. El régimen iraní también publicó un video de 50 segundos que muestra el interior destruido del complejo donde fue abatido Ali Khamenei: vigas expuestas, escombros en el suelo y puertas arrancadas de sus marcos.
Conviene mirar los incentivos. El aparato clerical de Teherán necesita que las multitudinarias exequias demuestren cohesión interna y legitimidad revolucionaria justo cuando el nuevo líder supremo es invisible y dos altos funcionarios fueron atacados por la propia base. La retórica de venganza cumple una función política doméstica tanto como una señal externa. El dato importa más que el ruido: un Estado que exhibe pancartas con amenazas de muerte contra un presidente extranjero en el funeral de su máximo líder no está gestionando el duelo; está administrando la narrativa de la guerra. La historia sugiere cautela ante la distancia entre esa narrativa y la capacidad real de acción.

