El embajador de Chile en Israel, Gabriel Zaliasnik, debió salir a corregir sus propias palabras. En una entrevista con el canal JBS, dentro del programa «Defending Israel» y junto al exdirector del Comité Judío Estadounidense (AJC), David Harris, el diplomático cuestionó las cifras de la comunidad palestina residente en Chile.
Zaliasnik afirmó que esa comunidad es «pequeña, de 20 mil a 25 mil personas en este momento, en condiciones muy difíciles» y agregó que «juega con el número porque eso es política». También describió que los palestinos tienen «fuerte presencia en los medios, en el parlamento» y una intensa participación política en el país.
Las declaraciones encendieron alertas dentro de la comunidad palestina en Chile, que interpretó las palabras como un cuestionamiento a su peso demográfico y político.
Horas después, la embajada de Chile en Israel difundió un comunicado en el que Zaliasnik lamentó «haber utilizado términos que pueden resultar ofensivos para la comunidad Palestina». Insistió en que «nunca fue mi ánimo, ni se puede desprender de mis palabras, ofender o afectar a connacionales, en este caso a la comunidad Palestina».
El embajador buscó además reformular el sentido de sus dichos: «relevo la antigua, estrecha y constructiva relación que ha existido en Chile entre las comunidades palestinas y judías, haciendo presente la importancia de la propia Comunidad Palestina». Y sostuvo que quienes vieron en sus palabras una crítica «omiten que precisamente hago presente que es incorrecta la afirmación del entrevistador en tal sentido».
Zaliasnik justificó el tono de la entrevista señalando que el programa estaba dirigido a un público estadounidense, por lo que su intención era «desmitificar cualquier duda que pudiera existir respecto a la referida comunidad en Chile». Añadió que intentó «ser particularmente cauto al referirme a la posición de Chile en el conflicto, manteniendo en todo momento la posición oficial, pese al intento del entrevistador de querer cuestionarla».
Finalmente, pidió que se revise «la conversación completa y no pasajes selectivos de ella», para evaluar con «la debida prudencia» su desempeño en la entrevista.
El episodio, más allá de la polémica puntual, ilustra un problema estructural de la diplomacia contemporánea: la exposición permanente de los representantes de un Estado ante cámaras y plataformas que exigen respuestas inmediatas, en formatos pensados para audiencias específicas y no para el equilibrio institucional que un cargo público exige. Un embajador no habla solo para el canal que lo entrevista; habla, quiera o no, en nombre del país que representa, y sus palabras viajan sin el contexto que él mismo reclama después.
Conviene mirar los incentivos. Un diplomático que acepta entrevistas en programas con una línea editorial marcada asume el riesgo de que sus palabras, aun matizadas en el momento, terminen leídas como una toma de posición sobre un conflicto donde Chile mantiene una postura oficial que debe cuidarse con especial rigor, dada la magnitud de las comunidades palestina y judía que conviven en el país. La rectificación de Zaliasnik llegó rápido, lo que sugiere que la cancillería midió el costo político de dejar sin respuesta una controversia sensible.
La historia sugiere cautela: en política exterior, la prudencia verbal no es un detalle protocolar sino una herramienta de gestión de riesgo. El dato importa más que el ruido, y en este caso el dato es que un representante del Estado debió corregir en público lo que dijo en público, un costo reputacional que ninguna cancillería puede tomar como menor.



