Las autoridades chinas evacuaron este jueves a residentes de varias localidades del Tíbet ante el riesgo de que se rompa un lago formado tras la riada que golpeó la frontera entre el norte de Nepal y el suroeste de la región tibetana. El embalse natural, ubicado cerca de la confluencia de un río procedente de Nepal con otro curso tibetano, contenía unos dos millones de metros cúbicos de agua, según datos del Ministerio chino de Recursos Hídricos difundidos por la televisión estatal CCTV.
El agua ya se desbordaba y las autoridades calculan que otros tres millones de metros cúbicos podrían sumarse en los próximos tres días. El caudal alcanzaría su máximo el 1 de septiembre. La barrera natural mide unos 50 metros de altura y más de tres kilómetros de longitud, y fue descrita por las autoridades como una «grave amenaza» para las zonas situadas aguas abajo.
El Departamento de Recursos Naturales del Tíbet informó de que los habitantes en riesgo de varias localidades ya fueron trasladados a lugares seguros. El Ministerio de Recursos Hídricos desplegó equipos de vigilancia hidrológica y realiza simulaciones sobre el comportamiento del agua en caso de ruptura para apoyar las operaciones de emergencia.
Según expertos del Ministerio chino de Recursos Naturales, que analizaron imágenes satelitales, el desastre se originó por el desprendimiento de una masa de hielo en una zona glaciar de Nepal ubicada entre los 5.200 y 5.500 metros de altitud. Esa masa arrastró materiales glaciares, se convirtió en un flujo de detritos y luego en un corrimiento de lodo que alcanzó el puerto fronterizo de Gyirong tras recorrer unos 20 kilómetros en apenas siete minutos.
La riada impactó el distrito de Rasuwa, en la provincia nepalí de Bagmati, y el colindante condado de Gyirong, en el Tíbet, donde continúan las labores de búsqueda y rescate. En Nepal, las autoridades elevaron este jueves a 359 el número de fallecidos y reportaron 445 personas rescatadas con vida, entre ellas 27 extranjeros. En el lado tibetano, el último balance disponible situaba en tres los fallecidos y en 558 las personas con las que se había perdido el contacto en Gyirong, entre ellas 260 extranjeros.
La disparidad entre ambos balances —tres muertos frente a 558 personas incomunicadas del lado chino, contra un recuento detallado y actualizado en Nepal— no es un detalle menor. Conviene mirar los incentivos: en Katmandú operan medios libres y organismos de rescate que difunden cifras casi en tiempo real; en Gyirong, la única ventana informativa es la televisión estatal CCTV y un ministerio que decide qué satélite mostrar y cuándo.
El dato importa más que el ruido, y aquí el dato disponible del lado tibetano es escaso, tardío y sin verificación independiente. Para un régimen que administra la información como recurso estratégico, una catástrofe natural en una región autónoma y fronteriza es también un ejercicio de control narrativo. La historia sugiere cautela ante cualquier cifra que provenga exclusivamente de la maquinaria estatal china, sobre todo cuando 260 extranjeros permanecen sin contacto y no hay corresponsales independientes sobre el terreno.



