El fútbol tiene una crueldad particular para quienes llegan lejos pero no lo suficiente. Francia e Inglaterra disputarán este sábado 18 de julio el partido por el tercer puesto del Mundial 2026 en Miami, un duelo que ninguno de los dos equipos buscaba y que ambos cuerpos técnicos deben vender como algo más que un trámite.
La derrota inglesa fue especialmente dolorosa. El equipo de Thomas Tuchel ganaba 1-0 a Argentina en el minuto 85 antes de que Enzo Fernández y Lautaro Martínez voltearan el marcador en los últimos compases, enviando a la Albiceleste a la final del domingo contra España. Para los Tres Leones, que no levantan un trofeo mayor desde su único título mundial en 1966, fue un golpe de los que dejan huella.
Tuchel no intentó disimular el estado de ánimo en el vestuario. «Nadie de estos jugadores quiere jugar en este partido», dijo el seleccionador alemán en rueda de prensa, una declaración que resume con precisión quirúrgica el problema motivacional que enfrentan ambas selecciones tras cinco semanas de competición.
Francia, por su parte, llegó a las semifinales como gran favorita según la mayoría de la prensa y los analistas. Había superado a Marruecos 2-0 en cuartos y contaba con un cuarteto ofensivo envidiado: Kylian Mbappé, el Balón de Oro Ousmane Dembelé, Michael Olise y Bradley Barcola. España les confiscó la pelota y los condenó a perseguir sombras, ganando 2-0 con contundencia.
Didier Deschamps buscó otro registro para motivar a sus jugadores. «No tenemos el partido que queríamos, pero hay un deber cuando uno lleva esta camiseta», afirmó el técnico francés, quien añadió que existe «una responsabilidad respecto a millones de franceses y francesas que nos apoyan». Para Deschamps, que ganó un Mundial como jugador en 1998 y otro como entrenador en 2018, será además el último encuentro al frente de la selección.
El calor húmedo de Miami en pleno verano añade una dificultad física a la carga emocional. Deschamps confirmó que Francia realizará cambios en el once, tanto por indisponibilidades de algunos jugadores como por razones que prefirió no detallar. La rotación podría dar protagonismo a quienes tuvieron menos minutos durante el torneo.
Hay, no obstante, un incentivo individual de peso: la Bota de Oro. Mbappé y Lionel Messi comparten ocho goles cada uno, aunque el argentino le supera en asistencias, cuatro contra tres del francés. Harry Kane y Jude Bellingham, con seis goles y una asistencia cada uno, también aspiran al premio de máximo anotador. Para un goleador de la naturaleza de Mbappé, esa disputa puede ser el acicate que el resultado ya no ofrece.
El dato importa más que el ruido. Conviene mirar los incentivos: un partido sin trofeo de fondo, con jugadores física y emocionalmente agotados, disputado en condiciones climáticas exigentes, es exactamente el escenario en que el fútbol suele deparar sorpresas. La historia sugiere cautela antes de descartarlo como mero trámite.
Desde la perspectiva de Continente, lo relevante no es el marcador del sábado sino lo que el torneo deja en evidencia: las selecciones que apostaron por un juego de posesión y estructura colectiva —España, Argentina— llegaron a la final; las que dependieron del talento individual sin orden táctico sólido pagaron el precio en el peor momento. Francia tenía los mejores nombres; España y Argentina tenían el mejor sistema. El mercado de ideas futbolísticas, como el de bienes y servicios, premia la disciplina sobre el carisma.

