El presidente Trump calificó de «paso monumental» el plan presentado esta semana por la Junta de la Paz —el organismo creado por su administración para gestionar la reconstrucción de Gaza—, pero la respuesta de Hamas dejó en claro que el camino es más estrecho de lo que sugiere el optimismo de Washington.
El documento, una hoja de ruta de 15 puntos, tiene como eje el desarme de Hamas y los grupos terroristas aliados. Su implementación estaría a cargo de Nickolay Mladenov, diplomático búlgaro con experiencia en negociaciones en Oriente Medio, quien resumió la apuesta en una frase: «La implementación y la verificación tienen que ser reales».
La hoja de ruta contempla el retiro escalonado de las Fuerzas de Defensa de Israel (IDF) de Gaza, el reemplazo del régimen de Hamas por un gobierno tecnocrático —el Comité Nacional para la Administración de Gaza (NCAG), encabezado por el ingeniero y exfuncionario de la Autoridad Palestina Ali Shaath— y el despliegue de una Fuerza Internacional de Estabilización encargada de monitorear el cumplimiento, garantizar la entrega de ayuda humanitaria y entrenar a las fuerzas de seguridad palestinas. El objetivo final, según el texto, es gobernar Gaza bajo el principio de «Una Autoridad, Una Ley, Un Arma».
Israel recibió el plan con cautela. El embajador Danny Danon ante la ONU afirmó que su país espera «implementarlo», pero advirtió: «Tenemos que verificar lo que hacen, no lo que dicen».
La respuesta de Hamas fue más reveladora. Ghazi Hamad, negociador senior del grupo, calificó la hoja de ruta de «difícil y dolorosa» y ya exige modificarla en sus puntos más sustantivos: reclama el retiro inmediato de las IDF a las posiciones previas al alto el fuego de octubre —lo que daría a Hamas espacio para rearmarse— e insiste en que las armas entregadas queden bajo control de la Autoridad Palestina, no de un organismo internacional que pudiera ponerlas definitivamente fuera de uso.
La lógica es transparente: sin sus armas, Hamas sabe que es un tigre de papel.
La hoja de ruta también incluye un componente de desradicalización. Décadas de educación antisemita y de glorificación del terrorismo en escuelas, instituciones religiosas y medios palestinos son, según los analistas del think tank Foundation for Defense of Democracies, la raíz del problema de largo plazo. Sin desmantelar esa infraestructura ideológica, argumentan, Hamas puede simplemente esperar y movilizar a una nueva generación.
Lo que está en juego
El plan no es un acuerdo de paz entre Israel y Hamas; es, en el mejor caso, un mecanismo para separar a las partes mientras se preserva la seguridad israelí. El dato importa más que el ruido: el éxito depende de que Israel conserve la libertad de actuar contra un Hamas que intente reconstituirse, y de que la desradicalización sea real, no cosmética.
Conviene mirar los incentivos. Hamas no tiene razón estructural para desarmar: sus armas son su única palanca política y su garantía de supervivencia como organización. Cualquier hoja de ruta que restrinja la capacidad israelí de hacer cumplir el acuerdo convierte la verificación en papel mojado. La historia sugiere cautela: los mecanismos internacionales de monitoreo en la región han tendido a documentar violaciones, no a prevenirlas. El plan de Trump tiene la arquitectura correcta; lo que falta es el músculo de ejecución.

