El Organismo Internacional para la Energía Atómica (OIEA) confirmó este jueves que conoce el acuerdo de cooperación nuclear civil pactado entre Estados Unidos y Arabia Saudita, pero aclaró que espera una petición formal de ambos países antes de activar cualquier mecanismo de verificación.
«El OIEA está al tanto de las conversaciones entre Arabia Saudita y Estados Unidos para concertar un acuerdo bilateral de cooperación nuclear civil, así como del plan para pedir al OIEA que aplique medidas de verificación en relación con ese acuerdo bilateral», señaló un portavoz del organismo a Europa Press. El OIEA indicó que espera «con interés» recibir esa solicitud y colaborar con ambas partes para «garantizar la aplicación de esas medidas».
El portavoz precisó que el acuerdo «debería ir acompañado de las correspondientes medidas de verificación de conformidad con el Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP) y el Acuerdo de Salvaguardias Amplias aplicable a Arabia Saudita». Una vez recibida la solicitud formal, esta se remitirá a la junta de gobernadores del organismo, que será la encargada de autorizar su aplicación.
El presidente Donald Trump precisó este mismo jueves que el convenio está condicionado a los Acuerdos de Abraham, los pactos mediados por Washington para normalizar las relaciones entre Israel y varios países árabes, entre ellos Emiratos Árabes Unidos y Bahréin. «Será aprobado, pero estará totalmente sujeto a que Arabia Saudita se adhiera a los respetados y exitosos Acuerdos de Abraham», escribió Trump en redes sociales. Añadió que el trato «no contempla el enriquecimiento» de material alguno por parte de Riad, una condición que apunta directamente a las preocupaciones de proliferación que rodean cualquier programa nuclear en el Golfo.
El dato importa más que el ruido. La arquitectura que describe Trump es, en esencia, una palanca diplomática de triple filo: avance en normalización árabe-israelí, acceso saudita a tecnología nuclear civil y garantías de no proliferación bajo supervisión del OIEA. Los tres elementos son interdependientes; si uno cede, los otros se debilitan.
Conviene mirar los incentivos. Para Washington, el acuerdo refuerza la presencia estratégica en el Golfo y ofrece a Riad una alternativa a proveedores como China o Rusia en materia nuclear, reduciendo la influencia de Beijing en una región crítica para el orden energético global. Para Arabia Saudita, la cooperación con Estados Unidos otorga legitimidad tecnológica y señala ambición de diversificación económica más allá del petróleo. La condición de los Acuerdos de Abraham, sin embargo, eleva el costo político interno para el reino: la normalización con Israel sigue siendo un asunto sensible en la región. La historia sugiere cautela: los acuerdos de esta naturaleza tardan años en traducirse en infraestructura real, y cada etapa —desde la solicitud formal al OIEA hasta la aprobación de la junta de gobernadores— introduce nuevas variables. Lo que hoy es un anuncio presidencial deberá sobrevivir el escrutinio de múltiples instituciones multilaterales y el calendario político de ambas capitales.

