El presidente Donald Trump declaró letra muerta el memorando de entendimiento firmado hace aproximadamente un mes con Irán, luego de que fuerzas iraníes reanudaran los ataques contra embarcaciones en el Estrecho de Ormuz. Con ese anuncio, Trump restituyó las sanciones sobre el petróleo iraní y el bloqueo a los puertos del país que había levantado semanas atrás.
El conflicto lleva cerca de cinco meses y ha incluido dos altos el fuego que, según analistas citados por el New York Post, resultaron ser «acuerdos de fachada». En ambos casos, Irán supuestamente se comprometió a reabrir el Estrecho; en ambos casos, el compromiso quedó en nada.
Un acuerdo que decía dos cosas distintas
El MOU no establecía en términos explícitos la libertad de navegación. En cambio, según el texto citado en la fuente, estipulaba que Irán «realizaría arreglos» para garantizar «el paso seguro de buques comerciales, sin cobro durante 60 días solamente». Pasado ese plazo, Teherán quedaba habilitado para imponer tarifas de tránsito.
Además, el acuerdo especificaba que Irán conduciría un diálogo con Omán «para definir la administración futura y los servicios marítimos en el Estrecho de Ormuz». En la práctica, un conflicto que comenzó con retórica sobre el cambio de régimen en Teherán terminaba, al menos provisionalmente, con un documento que reconocía la capacidad iraní de administrar una de las arterias más críticas del comercio mundial.
La divergencia de interpretaciones fue total: Washington entendía que el acuerdo garantizaba el paso irrestricto; Teherán entendía que consolidaba su control sobre el Estrecho.
El factor Hoover y la presión doméstica
La fuente recoge que Trump habría manifestado su urgencia por cerrar el MOU porque los costos económicos de la interrupción iraní del Estrecho amenazaban con convertirlo en «un nuevo Herbert Hoover». Esa declaración, según el análisis del Post, habría envalentonado aún más a Irán para presionar.
La opinión pública estadounidense no apoya el conflicto y ha recibido en repetidas ocasiones el mensaje de que estaba a punto de concluir con un acuerdo diplomático brillante. Eso estrecha el margen político de cualquier escalada.
En paralelo, la campaña militar contra los hutíes en el Mar Rojo —destinada a eliminar su amenaza al tráfico marítimo— no ha producido resultados concluyentes, lo que añade un segundo frente de vulnerabilidad logística global.
Trump ha sostenido además que Estados Unidos controlará el Estrecho y en algún momento cobrará una tarifa del 20% sobre todo el tráfico que lo cruce. La misma fuente señala que esa idea está «en contradicción con la posición estadounidense de que cobrar peaje en el Estrecho es ilegal», lo que la convierte en una propuesta difícilmente viable.
Lo que está en juego
La libertad de navegación ha sido durante décadas un pilar de la gran estrategia de Estados Unidos y un fundamento del comercio global. Que dos acuerdos consecutivos hayan dejado esa libertad sin garantía efectiva no es un detalle menor: es la médula del problema.
Conviene mirar los incentivos. Irán demostró que con amenazas y un número reducido de proyectiles puede interrumpir el flujo de energía y mercancías que atraviesa Ormuz. Ese poder de disrupción asimétrico es su principal activo negociador, y no hay razón estratégica para que lo abandone mientras perciba que Washington tiene más prisa por cerrar el conflicto que determinación para sostenerlo.
El dato importa más que el ruido: dos ceses del fuego fallidos y la restitución de sanciones no son el final de una crisis, sino la confirmación de que la fase diplomática fácil ya se agotó. Lo que sigue exige o una demostración de fuerza sostenida o un acuerdo que diga, sin ambigüedades, que el Estrecho es libre. Hasta ahora, ninguna de las dos condiciones se ha cumplido.

