La campaña presidencial brasileña, que durante meses pareció reducida a la repetición de un duelo conocido, empezó a mostrar grietas. A poco más de un mes de la primera vuelta, Augusto Cury —psiquiatra, escritor de best sellers y personaje televisivo, de 67 años— pasó de ser un candidato marginal a ocupar el tercer lugar en dos sondeos publicados el lunes.
La encuesta de Nexus, encargada por BTG Pactual, le dio 11% de intención de voto, frente al 2% de la medición anterior. AtlasIntel/Bloomberg lo ubicó en 7,8%, contra 1,6% previo. En ambos casos el salto es de varios puntos en pocas semanas, algo inusual para un candidato sin estructura partidaria consolidada.
El escenario general sigue dominado por Luiz Inacio Lula da Silva, del Partido de los Trabajadores, y por el bolsonarismo, cuya cara visible en esta campaña es Flavio Bolsonaro, senador e hijo mayor del expresidente Jair Bolsonaro. En el sondeo de Nexus, Lula obtuvo 39% y el rival de derecha 33%; AtlasIntel dio 43,4% al presidente y 33,7% al opositor. La brecha entre ambos se mantiene, pero el crecimiento de un tercero introduce una variable que ninguno de los dos bloques puede ignorar.
Cury compite por el pequeño partido Avante y evita el eje izquierda-derecha con el lema «Centrados en lo que importa». Su frase más repetida —«mi mente es capitalista, mi corazón es social»— busca capturar al elector fatigado de la polarización sin resignar un discurso de orden económico.
Su ventaja no es orgánica sino de exposición. Afirma haber vendido 42 millones de libros en más de 70 países y se presenta como el psiquiatra más leído del mundo. Cuenta con 10,7 millones de seguidores en Instagram, cifra cercana a los 11,4 millones de Flavio Bolsonaro y todavía por debajo de los 14,9 millones de Lula.
El Índice de Popularidad Digital de Quaest, que mide presencia e interacción en siete plataformas, muestra el salto con claridad: Cury pasó de 37,8 a 54,5 puntos sobre 100, del séptimo al cuarto puesto del ranking. Un video suyo en un debate televisivo acumuló 21,2 millones de visualizaciones y 1,3 millones de «me gusta»; su canción de campaña llegó a 12 millones de vistas y 584.000 «me gusta» en cuatro días.
Sus propuestas alimentan esa viralidad. Planteó capacitar diplomáticos como influencers para «vender Brasil» al mundo y usar drones contra los femicidios, activados desde comisarías con sirena de alerta antes de que salga el agente. La idea generó memes y críticas, pero también más tráfico.
Las reacciones políticas revelan cálculo. Un dirigente cercano a la campaña de Flavio Bolsonaro lo llamó «el más grande de los candidatos enanos». Renan Santos, otro aspirante de la tercera vía, calificó su crecimiento digital de «artificial». Desde el oficialismo, en cambio, se estudia con más cautela en qué segmentos avanza, por temor a una fuga de votos moderados.
Hay dudas legítimas sobre la solidez del fenómeno. Columnistas como Maria Cristina Fernandes (Valor) y Vera Magalhães (OGlobo) coinciden en que aún no está claro si se trata de algo consistente o de un efecto pasajero de redes, y señalan sospechas —sin confirmar— sobre el uso de bots. El Eurasia Group fijó un umbral concreto: para amenazar en serio al bolsonarismo, Cury debería acercarse al 15% hacia mediados de septiembre, con el rival de derecha cayendo hacia el 25%.
Conviene mirar los incentivos antes que el entusiasmo digital. Un candidato sin partido fuerte, financiado por notoriedad mediática antes que por estructura territorial, tiene techo bajo en sistemas de coalición como el brasileño. Pero su sola aparición confirma algo más duradero: una porción del electorado ya no compra la polarización como oferta única, y eso obliga a Lula y al bolsonarismo a competir también por el votante que solo quiere previsibilidad y menos ruido ideológico.



