Tras la Guerra del Pacífico, el Ejército de Chile llegó a una conclusión incómoda: había deficiencias serias que no podían seguir ocultas bajo la celebración de la victoria. Rafael Mellafe, historiador especializado en historia militar, sostiene que el conflicto reveló fallas en la orgánica de la institución, entre ellas la falta de un Estado Mayor, academias de guerra y planificación logística.
Con ese diagnóstico, durante el gobierno de Domingo Santa María comenzó la búsqueda de un nuevo modelo. La mirada se dirigió a Europa, y en particular a Prusia. Según Mellafe, allí sobresalía una «nueva escuela» que había modernizado su ejército con estándares profesionales.
El atractivo prusiano no era menor. Prusia había ganado la Guerra de los ducados contra Dinamarca en 1864, la Guerra contra Austria en 1866 y la Guerra franco-prusiana entre 1870 y 1871. Ese ciclo de victorias consolidó su primacía entre los estados de raíz germana y culminó en 1871 con la proclamación de Guillermo I como Emperador de Alemania en la Galería de los Espejos del Palacio de Versalles.
Para los chilenos, el resultado de la Guerra franco-prusiana fue especialmente persuasivo. Mellafe explica que Prusia llamó la atención por su capacidad de maniobra, la velocidad de sus desplazamientos y el uso del ferrocarril. También pesó su sistema de academias para las distintas armas del ejército, que abría espacio para el pensamiento estratégico y la planificación.
Hasta entonces, la escuela predominante en Chile era la francesa. Mellafe recuerda que altos oficiales de las guerras napoleónicas, como Jorge Beauchef y José Rondizzoni, sirvieron en Chile durante la independencia y llevaron esa tradición, visible en el uniforme con pantalón rojo «glance», casaca azul y quepís.
El cambio se concretó con la contratación del capitán Emilio Körner, oficial alemán del arma de artillería, que arribó en 1885 con la misión de modernizar el Ejército chileno bajo estándares prusianos. Su trayectoria incluía docencia en la Escuela de Artillería de Charlottenburg, estudios de oficial de Estado Mayor en la Academia de Guerra Imperial de Berlín y la Cruz de Hierro de segunda clase por su desempeño en la guerra franco-prusiana.
La labor de Körner fue más allá de los símbolos. Según Mellafe, se incorporaron uniformes, casco pickelhaube y armamento prusiano; se creó la Academia de Guerra del Ejército; se fundó la Escuela de Infantería; y se cambió la doctrina, de la francesa a la prusiana. En otras palabras, se alteró la forma de pensar y analizar la problemática militar.
Körner alcanzó además el grado de Inspector General del Ejército entre 1900 y 1910, cargo que hoy equivale al de Comandante en jefe. El giro también dejó una marca ceremonial que sigue presente en la Parada Militar.
La Marcha Radetzky, compuesta en 1848 por Johann Strauss padre en honor al mariscal de campo conde Joseph Wenzel Radetzky, fue adoptada por Prusia por orden de Federico Guillermo IV. A Chile llegó por esa vía. En 1896, el subdirector de la Escuela Militar, mayor Gunter von Bellow, consideró que esa marcha era ideal para la institución.
Conviene mirar los incentivos. El Ejército chileno no imitó a Prusia por exotismo, sino por utilidad: buscaba una estructura más profesional, más planificada y menos improvisada. Cuando una institución descubre fallas de mando y logística, el costo de no corregirlas recae sobre el Estado y, en última instancia, sobre los contribuyentes.
La historia sugiere cautela frente a cualquier aparato que se conforme con símbolos de victoria y no con capacidades reales. Aquí, el mérito estuvo en reconocer deficiencias y modernizar. Ese tipo de reformas fortalece el orden institucional y premia la competencia por encima de la inercia burocrática.

