La Policía de Ecuador ejecutó el domingo 26 de julio dos operaciones de decomiso que, sumadas, arrojaron 3,6 toneladas de cocaína destinadas a Europa. El ministro del Interior, John Reimberg, confirmó ambos hallazgos en la misma jornada.
El primer operativo tuvo lugar en el puerto de Guayaquil. Los agentes inspeccionaron un contenedor cargado con puré de banano con destino a Letonia y encontraron en su interior 35 maletas que contenían 1.215 paquetes de droga, equivalentes a 1,2 toneladas de cocaína. El valor estimado del cargamento asciende a 36,1 millones de dólares en el mercado estadounidense y a 56,3 millones en el europeo, según cifras del propio ministro. Las autoridades retuvieron el contenedor y tres sellos como indicios.
Horas antes, Reimberg había anunciado una segunda incautación en el puerto de Machala, capital de la provincia de El Oro, fronteriza con Perú. En ese caso, 2,4 toneladas de cocaína estaban ocultas en cajas de banano de exportación. El ministro estimó el valor de ese lote en 136 millones de dólares en el mercado internacional.
Las cifras no son anómalas dentro del contexto ecuatoriano. Hasta finales de mayo, el país había decomisado más de 70 toneladas de droga, de acuerdo con datos del Ministerio del Interior. Ecuador ocupa una posición geográfica que lo convierte en nodo de tránsito: limita con Colombia y Perú, los dos mayores productores mundiales de cocaína, cuenta con varios puertos sobre el Pacífico y opera con una economía dolarizada, lo que facilita el movimiento de capitales ilícitos.
La ruta del banano no es nueva. El fruto ecuatoriano es el principal producto de exportación del país y sus contenedores refrigerados, de ciclo rápido y alto volumen, representan un vector atractivo para el narcotráfico. Las organizaciones criminales explotan precisamente la eficiencia logística que sostiene el comercio legítimo.
Conviene mirar los incentivos. Cada tonelada interceptada representa una pérdida directa para las estructuras criminales, pero también un dato sobre la capacidad operativa del Estado ecuatoriano: dos golpes coordinados en un mismo día, en puertos distintos y separados por cientos de kilómetros, sugieren inteligencia activa, no azar. El dato importa más que el ruido.
Desde Continente, la lectura es clara: la seguridad no es un gasto superfluo del «aparato estatal», sino la condición previa sin la cual el libre comercio y la inversión extranjera se vuelven inviables. Ecuador exporta banano al mundo; si los contenedores de banano se convierten en sinónimo de cocaína en los puertos europeos, el costo recae sobre los productores legítimos, los exportadores y, en última instancia, sobre el contribuyente que financia el sistema judicial que debe procesar cada caso. La historia regional sugiere cautela: los avances en decomiso son necesarios, pero insuficientes si no van acompañados de desmantelamiento de redes financieras y fortalecimiento institucional sostenido.



