La Policía de Ecuador incautó este viernes 119,76 kilos de cocaína ocultos en un contenedor que transportaba fruta de exportación desde el puerto de Machala, capital de la provincia de El Oro, fronteriza con Perú. El cargamento tenía como destino Alemania.
Los agentes antinarcóticos seleccionaron el contenedor para inspección y, con ayuda de perros entrenados, localizaron 120 bloques rectangulares camuflados en la estructura del piso del depósito. Las pruebas de identificación preliminar confirmaron que se trataba de cocaína.
El ministro del Interior, John Reimberg, informó que la operación derivó en la detención de un hombre identificado como Ángel Geovanny Jacinto Calderón. El valor estimado de la droga asciende a aproximadamente 5,59 millones de dólares en el mercado europeo.
El hallazgo no es un caso aislado. Hasta finales de mayo, Ecuador había decomisado más de 70 toneladas de droga, según cifras del propio Ministerio del Interior. El país andino, rodeado por Colombia y Perú —los dos mayores productores mundiales de cocaína—, con varios puertos en sus costas y una economía dolarizada, se ha convertido en años recientes en un nodo crítico del tráfico hacia Europa y Norteamérica.
Esa combinación de factores —geografía, infraestructura portuaria y estabilidad monetaria— convierte a Ecuador en un corredor de alto valor para las organizaciones criminales, que explotan precisamente la misma apertura comercial que sostiene la economía exportadora del país.
Conviene mirar los incentivos. Ecuador paga un precio doble: sus puertos son el vector de salida de una mercancía que financia la violencia interna y deteriora su reputación comercial ante socios europeos cada vez más exigentes en materia de trazabilidad de la cadena de suministro. Cada incautación es una señal de que el aparato de control funciona; pero 70 toneladas decomisadas en cinco meses también revelan la escala del problema que el Estado ecuatoriano enfrenta con recursos limitados.
El dato importa más que el ruido. La ruta Machala-Alemania no es anecdótica: conecta la principal zona bananera del país con el mayor mercado de consumo de cocaína de Europa. Blindar esa cadena logítima requiere inversión sostenida en tecnología portuaria, cooperación con las agencias europeas y, sobre todo, voluntad política para no ceder terreno ante organizaciones que han demostrado capacidad de adaptación. La historia sugiere cautela: sin esa combinación, los decomisos son titulares recurrentes, no victorias definitivas.



