Las fuerzas estadounidenses completaron este miércoles su duodécima noche consecutiva de ataques contra objetivos militares iraníes, según confirmó el Comando Central de Estados Unidos (CENTCOM). La operación comenzó a las 17:30 hora del este —23:30 GMT— y, de acuerdo con el comunicado militar, su objetivo es «seguir degradando la capacidad de Irán para amenazar a marineros civiles y buques comerciales que transitan por las aguas de la región».
CENTCOM no ofreció detalles sobre los objetivos alcanzados ni sobre el alcance de los nuevos ataques. La operación, precisó el comunicado, continuaría durante la noche.
El presidente Donald Trump, hablando en un mitin en Georgia, fue directo sobre el estado de las negociaciones: «Están siendo golpeados con mucha dureza y quieren llegar a un acuerdo. Pero yo digo que no están listos para hacer un acuerdo porque cada vez que hacen uno, quieren cambiarlo». Según Trump, Irán «estará listo muy pronto».
El contexto inmediato es la ruptura de un acuerdo previo. El mes pasado, Washington y Teherán firmaron un memorando de entendimiento para establecer un alto el fuego, desbloquear el estrecho de Ormuz y abrir negociaciones sobre el programa nuclear iraní. La tregua no resistió: ambos países llevan dos semanas intercambiando fuego cruzado.
Trump ha insistido en relativizar la gravedad del conflicto, comparándolo con las guerras de Vietnam e Irak, que se extendieron durante décadas y dejaron miles de bajas estadounidenses. El mensaje implícito es que la operación actual, en su escala y duración, es cualitativamente distinta.
El estrecho de Ormuz —arteria por la que transita una porción significativa del comercio energético global— permanece en el centro del diferendo. Su bloqueo o apertura condiciona los precios de la energía y, por extensión, la estabilidad de las cadenas de suministro que alimentan a las economías occidentales.
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Conviene mirar los incentivos. Doce noches consecutivas de ataques son una señal de que Washington ha decidido imponer costos militares sostenidos antes de sentarse a negociar en serio, no después. La secuencia —memorando, ruptura, escalada— sugiere que Teherán calculó que podía erosionar los términos acordados; la respuesta estadounidense apunta a corregir ese cálculo.
El dato importa más que el ruido: mientras el estrecho de Ormuz permanezca en disputa, cualquier acuerdo nuclear es secundario para los mercados energéticos y para las economías que dependen del libre tránsito marítimo. La política de presión máxima que Trump ha vuelto a activar busca precisamente eso: hacer que el costo de no acordar sea mayor que el costo de ceder. La historia sugiere cautela sobre los plazos, pero los incentivos estructurales apuntan, esta vez, hacia una negociación que Irán no puede posponer indefinidamente.

