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Drones y urnas agitan la jornada electoral de Rusia

Moscú denunció un intento de perturbar las elecciones parlamentarias tras un ataque masivo ucraniano con más de mil drones. El episodio refuerza la imagen de un proceso político sin competencia real y con la guerra como telón de fondo.
Imagen generada con IA
Internacionaldomingo 20 de septiembre de 2026

Rusia afrontó este domingo la tercera y última jornada de votación parlamentaria bajo el impacto de un ataque ucraniano con más de mil drones, según las autoridades rusas. Moscú sostuvo que la operación buscó «perturbar» unas elecciones destinadas a reforzar el control del poder del Kremlin.

El saldo humano fue inmediato. Al menos dos personas murieron y unas veinte resultaron heridas, según las autoridades rusas. En la región de Jersón, controlada por Rusia, un dron ucraniano impactó contra un autobús y causó dos muertos, entre ellos una empleada de la Comisión Electoral, de acuerdo con ese organismo.

En Moscú, el alcalde Serguéi Sobianin dijo que una refinería sufrió daños y calificó el ataque como «sin precedentes». Añadió que el objetivo era perturbar las elecciones. También afirmó que la defensa antiaérea rusa derribó más de 1.600 drones, de los cuales 450 se dirigían hacia Moscú.

Del lado ucraniano, Volodímir Zelenski aseguró que los ataques de Kiev «han tenido un impacto muy importante en la región de Moscú». La cita resume una lógica de represalia y desgaste que ya no se limita al frente militar, sino que toca de lleno la infraestructura energética y el calendario político ruso.

La votación renovará los 450 escaños de la Duma, la cámara baja del Parlamento. Los primeros resultados se esperaban inmediatamente después del cierre, previsto para el domingo a las 18:00 GMT. Además de Rusia Unida, concurren el Partido Comunista, el nacionalista LDPR, el conservador Rusia Justa y el liberal Gente Nueva.

Pero la competencia política fue mínima. La campaña estuvo limitada por la falta de desacuerdos de fondo entre esos partidos y por la exclusión del liberal Yábloko. El Tribunal Supremo apartó a esa formación de la contienda hace pocas semanas. La policía detuvo el sábado a un observador de Yábloko, dijo el partido, y uno de sus principales dirigentes fue condenado el mes pasado a 11 años de cárcel.

Putin pidió a la ciudadanía participar y presentó el voto como una muestra de apoyo a las tropas rusas y una «respuesta conjunta a quienes quieren debilitar a Rusia». Nadie duda de la victoria de Rusia Unida, que ha ganado todas las elecciones parlamentarias en el país desde 2003, según el relato de las propias autoridades y la oposición que sigue dentro del sistema.

La oposición rusa en el exilio intentó romper esa inercia y llamó a los rusos contrarios al Kremlin a no boicotear las elecciones, sino a votar «contra el partido de Putin». La viuda de Navalni, Yulia Naválnaya, pidió a los opositores a la guerra que emitieran su voto de forma sincronizada al mediodía del domingo, una táctica que ya había atraído multitudes en las presidenciales de 2024.

La historia sugiere cautela. Cuando las urnas funcionan más como ratificación que como competencia, la política pierde su disciplina principal: obligar al poder a rendir cuentas. Conviene mirar los incentivos. Si el resultado ya está descontado, la maquinaria estatal gana margen y la ciudadanía pierde capacidad de sanción.

También importa el precedente económico y de seguridad. Un país que vota bajo ataques, ciberataques y acusaciones cruzadas no ofrece señales de normalidad institucional. Para el contribuyente ruso, el costo no se limita al daño material; también incluye una política cada vez más cerrada, más militarizada y menos sometida a control real.

En ese marco, la elección dice menos sobre la pluralidad política que sobre la solidez del aparato de poder. Y eso es precisamente lo que el Kremlin parece querer preservar: orden sin competencia, obediencia sin alternancia y estabilidad definida desde arriba.

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