Un vídeo publicado el 12 de mayo por fuentes rusas en Telegram muestra un dron ucraniano Fire Point FP-1 disparando un cohete contra un grupo móvil antidron ruso. Según el análisis del periodista especializado David Hambling en Forbes, es la primera vez que se documenta este tipo de ataque y representa una evolución significativa en la guerra aérea sobre Ucrania.
El FP-1 es uno de los drones de ataque a larga distancia más comunes en el arsenal ucraniano. Las imágenes recuperadas de fuentes rusas indican que el aparato portaba dos pods de cuatro cohetes cada uno, del modelo soviético S-5 de 57 mm sin guía. El S-5, desarrollado en la década de 1940 a partir del cohete alemán R4M de la Segunda Guerra Mundial, pesa alrededor de 4,5 kilogramos con una ojiva de aproximadamente 900 gramos de tipo explosivo-fragmentación. Su alcance efectivo ronda los tres kilómetros y fue empleado extensamente en Afganistán y Chechenia.
La lógica táctica detrás del cohete
Los drones de largo alcance como el Shahed ruso o el FP-1 ucraniano vuelan a no más de 190 km/h y a baja altitud, lo que los hace vulnerables incluso a ametralladoras de la Primera Guerra Mundial. Ucrania fue pionera en desplegar grupos móviles de fuego —equipos con cañones automáticos o ametralladoras antiaéreas montados en vehículos— para interceptarlos. Rusia copió el modelo y hoy mantiene escuadras similares con armamento de era soviética, incentivadas con bonificaciones económicas por cada dron derribado.
El problema que resuelve el cohete no es necesariamente la precisión, sino la supresión. El S-5 tiene una dispersión declarada de 3,5 miliradianes, lo que equivale a impactar dentro de 3,5 metros del punto de mira a un kilómetro de distancia. Pero el objetivo primario no es destruir al equipo enemigo: es obligarlo a cubrirse. La «supresión de fuego enemigo» —SEAD en terminología militar— busca que los operadores antidron estén más preocupados por su propia supervivencia que por interceptar la oleada de drones que llega detrás.
La carga completa de ocho cohetes ocupa toda la capacidad de carga útil del FP-1, lo que sugiere que esta variante opera como plataforma SEAD especializada, sin ojiva propia. Existe una versión modificada, el FP-2, con el doble de carga útil, aunque con menor alcance.
Un patrón que se repite en todos los dominios
Esta evolución no es aislada. Ucrania ha aplicado la misma lógica en el mar: sus vehículos de superficie no tripulados (USV) comenzaron como botes suicidas cargados de explosivos y luego incorporaron ametralladoras y cohetes para suprimir a las tripulaciones de los buques rusos mientras los modelos kamikaze completan el ataque. El patrón —primero el arma de impacto, luego el arma de supresión que la protege— se reproduce ahora en el aire.
Ucrania también emplea drones FPV lanzados desde el FP-1 para atacar equipos móviles antidron, aunque esa táctica carece del efecto intimidatorio inmediato de una salva de cohetes.
Conviene mirar los incentivos. Rusia enfrenta un dilema clásico de asimetría de costos: sus equipos móviles antidron, que operan con armamento barato y soldados motivados por bonos, resultan ahora objetivos activos en lugar de simples defensores pasivos. Cada escuadra que se ve obligada a cubrirse es una escuadra que no derriba drones. Si Ucrania logra escalar la producción de esta variante SEAD —algo que su industria de drones ha demostrado capaz de hacer con el FP-1 estándar—, el equilibrio en la guerra de drones podría inclinarse de forma apreciable. El dato importa más que el ruido: no es el cohete lo que cambia la ecuación, sino la doctrina que lo acompaña.

