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Divorcios después de los 60: uno de cada cinco en Buenos Aires ya es tardío

Los datos del Idecba muestran que las rupturas de matrimonios de más de dos décadas crecen de forma sostenida en la capital argentina, impulsadas por mayor esperanza de vida y autonomía económica femenina.
Imagen ilustrativa
Las Américasdomingo 26 de julio de 2026

Los números no mienten, aunque incomoden a quienes preferirían ignorarlos. En la ciudad de Buenos Aires, los divorcios de varones de 60 años o más pasaron de representar el 11,8% del total en 2009 al 18,4% en 2025, según el Instituto de Estadística y Censos de la Ciudad (Idecba). Entre las mujeres de ese mismo grupo etario, el recorrido va del 7,7% al 12,1% en el mismo período. De uno de cada ocho a casi uno de cada cinco: la ruptura matrimonial tardía dejó de ser una rareza para convertirse en una tendencia estadísticamente verificable.

Lo que distingue estas separaciones no es la velocidad sino la profundidad. En 2025, de los 867 varones de 60 años o más que se divorciaron en la ciudad, 651 venían de uniones de veinte años o más. Entre las mujeres de esa edad, la proporción fue todavía mayor: 470 sobre 570. No son parejas recientes que no prosperaron; son vidas construidas durante décadas y disueltas cuando ya asomaba la vejez.

La tendencia se confirma desde otro ángulo. Sobre los 5.647 divorcios inscriptos en 2024 y los 5.437 de 2025 —registrados en Buenos Aires Data, el portal de datos abiertos del gobierno de la ciudad—, LA NACION calculó que los matrimonios de veinticinco años o más pasaron del 30,3% al 32,7% del total de rupturas entre esos dos años. Hubo menos divorcios en total, pero los de larga data aumentaron su peso relativo.

La socióloga Paula Lehner, investigadora del Instituto de Investigaciones Gino Germani de la UBA, ofrece el marco histórico necesario para entender la magnitud del cambio. Según Lehner, hacia finales de los años 50 el divorcio estaba muy mal visto socialmente, y el modelo de varón proveedor impedía la autonomía económica de las mujeres fuera del matrimonio. Dos verbos, recogidos en sus entrevistas de campo, resumían el mandato de época: respetar y aguantar.

Lo que transformó ese equilibrio fue, en parte, la demografía. «Cuando las personas tenían una esperanza de vida de 50 años, las uniones legales podían ser hasta que la muerte nos separe», señala Lehner. «En cambio, cuando la esperanza de vida es de prácticamente 80 años, ese mandato puede ser más difícil de cumplir». La salida tradicional de la unión era la viudez; el divorcio, en cambio, introduce el deseo individual como factor determinante. Es, en palabras de la investigadora, «un cambio cualitativo muy importante».

El caso de Berta Scardini ilustra la dimensión humana de la estadística. Se separó a los 66 años, tras 42 de casada y cinco hijos. Lo primero que sintió, dice, no fue pena: «Me sentí libre». Hoy tiene 73 años y advierte, desde su experiencia como enfermera en salas de terapia intensiva y psiquiatría, que dar ese paso requiere autoestima alta, porque a quien está golpeado por dentro una decisión así puede empujarlo hacia la angustia.

Conviene mirar los incentivos. El fenómeno refleja, ante todo, una expansión real de la autonomía individual: más años de vida, mayor participación femenina en el mercado laboral y una menor presión del entorno social para sostener vínculos que ya no funcionan. Eso es, en principio, una expresión de libertad personal que ninguna línea conservadora debería desdeñar.

Pero el dato importa más que el ruido. Detrás de cada ruptura tardía hay también una arquitectura familiar —hijos, nietos, patrimonio compartido— que se reorganiza con costos reales para todas las partes. La historia sugiere cautela ante la tentación de leer el fenómeno solo como progreso lineal: la libertad de salir de un vínculo y la responsabilidad de las consecuencias son dos caras de la misma moneda, y las instituciones —civiles, familiares, económicas— existen precisamente para que ese balance no recaiga de forma desproporcionada sobre los más vulnerables de la ecuación.

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