Edición Globalsábado 17 de octubre de 2026 El mundo en breveLa edición semanal
Continente ORDEN Y PERSPECTIVA GLOBAL.
LíderesEstados UnidosLas AméricasEuropaAsia y ChinaOriente Medio y ÁfricaInternacionalNegociosFinanzas y economíaCiencia y tecnologíaCultura
Secciones y más
El mundo
LíderesEstados UnidosLas AméricasEuropaAsia y ChinaOriente Medio y ÁfricaInternacional
Negocios, ciencia y cultura
NegociosFinanzas y economíaCiencia y tecnologíaCultura
El medio
El mundo en breveLa edición semanal BoletinesAcerca
Las Américas

De Siria a Buenos Aires: Mohammad Altamimi, el refugiado que encontró en Argentina lo que la guerra le quitó

Ocho años después de escapar de la guerra civil siria escondido en el baúl de un auto, Mohammad trabaja en una heladería de Flores Norte y habla de Argentina como el país que le salvó la vida.
Imagen ilustrativa
Las Américassábado 11 de julio de 2026

Mohammad Altamimi tiene 37 años y sirve helados en una heladería del barrio porteño de Flores Norte. Hace ocho años cruzó montañas de noche, se escondió en el baúl de un automóvil, esquivó militares con perros entrenados y sobrevivió a una bala que le quemó la piel. Todo para llegar a Argentina.

«Argentina me salvó la vida dos veces, tres veces. Solo tenía una visa argentina. Mi Gobierno me quería matar en ese momento. Y la Argentina me quería salvar», declaró Altamimi en una entrevista publicada por Infobae.

Antes de la guerra, su vida era estable. Había cumplido el servicio militar obligatorio de dos años, trabajaba en una empresa importadora de materiales para la construcción y había montado dos negocios propios: uno de zapatillas y otro de mochilas para mujeres. Su padre se desempeñaba en la industria petrolera; sus hermanos eran profesionales. «Vivíamos bien», resumió.

El conflicto comenzó con manifestaciones contra el régimen de Bashar al-Assad que pronto escalaron. Según el propio Altamimi, «el gobierno empezó a matar gente en la calle» y otras personas respondieron con armas. La presencia de Rusia e Irán fortaleció al gobierno y acentuó la represión. Las bombas llegaron al barrio. «Estaba en casa y escuchaba 'boom'. Una bomba al lado de la casa. Así empezó», relató.

Un rodeo por Sudán

Ante la imposibilidad de quedarse, Mohammad intentó rehacer su vida en Sudán, donde un compatriota le prometió trabajo y estabilidad. Vendió sus negocios —que ya no rendían en medio de la guerra— y viajó. La realidad fue otra: el contacto que debía recibirlo dormía sobre cartones en el piso de una fábrica. Sin documentos para alquilar, el sirio pasó noches en una plaza de mezquita y sobrevivió cortando algodón en jornadas largas que apenas le alcanzaban para comer. La experiencia duró dos meses y medio.

Fue entonces cuando su familia en Argentina —primos lejanos, de segunda generación, que nunca había conocido— se enteró de su situación y decidió traerlo. Mohammad sabía poco del país: los nombres de Maradona y Messi, y que se tomaba mate, costumbre que también existe en Siria aunque con una ceremonia distinta.

La visa en 13 días

Para obtener la visa, Altamimi debió regresar a Siria, pagando a personas con contactos en el gobierno para atravesar los controles sin ser detenido. El trámite podía demorar hasta un año por la cantidad de personas que querían salir del país. Sin embargo, un diplomático que conoció casualmente en la heladería familiar de Belgrano —donde trabaja una prima— aceleró los tiempos al enterarse de la situación. La visa llegó en 13 días.

El proceso incluyó una visita de un funcionario de inmigración a la casa del tío para verificar las condiciones de vida, en el marco de lo que Altamimi describió como el «programa Siria-Argentina». «Vinieron a la casa y me dijeron que sí», recordó.

El dato importa más que el ruido.

La historia de Mohammad Altamimi ilustra algo que los debates migratorios suelen ignorar: los mecanismos institucionales funcionan cuando están bien diseñados. Un programa de acogida con verificación previa, una familia dispuesta a recibir sin depender del erario público y un individuo con historial de trabajo y emprendimiento propio. No hay aquí carga para el contribuyente argentino; hay, en cambio, un hombre que llegó con voluntad de insertarse y lo logró.

Conviene mirar los incentivos. Argentina ofreció una vía legal, ordenada y verificable. El resultado es un trabajador integrado, con arraigo y gratitud genuina hacia el país que lo recibió. Ese modelo —acogida con condiciones, no apertura indiscriminada— es el que distingue la migración como activo del desorden que erosiona la confianza social. La diferencia no es ideológica; es institucional.

Más sobre Las Américas

La edición semanal

El temario completo de la semana

Leer la edición →