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De la cautividad a la reconstrucción: algunos rehenes del 7 de octubre convierten el trauma en propósito

Keith Siegel, Noa Argamani, Aviva Siegel y Kozlov son parte de un grupo de sobrevivientes que ha buscado transformar la experiencia de cautiverio en activismo, escritura, arte y trabajo humanitario. El dato importa más que el ruido: la recuperación personal también depende de instituciones y redes que permitan volver a producir, crear y servir.
Internacionalmiércoles 7 de octubre de 2026

Tres años después de que terroristas de Hamas irrumpieran en Israel, mataran a unas 1.200 personas y arrastraran a 251 a Gaza, algunos de los rehenes liberados han intentado convertir el trauma en una nueva utilidad pública.

Keith Siegel, un estadounidense-israelí liberado en febrero de 2025 tras 484 días en cautiverio, se volcó en la campaña para liberar a los rehenes que siguen en Gaza. Según la nota, se reunió repetidamente con el presidente Trump y con otros funcionarios de la administración, además de hablar ante audiencias en distintos países.

«Hice algo que nunca había hecho antes, y nunca pensé que podría hacerlo», dijo Siegel. Añadió que, después de lo ocurrido, «la gente me escuchará» y que por eso ahora tiene «una voz».

La misma lógica atraviesa otros casos. Eli Sharabi convirtió sus 491 días de cautiverio —y la pérdida de su esposa y sus dos hijas— en «Hostage», un libro que, según la nota, se convirtió en el más vendido de la historia de Israel y luego en un bestseller del New York Times.

Noa Argamani, cuya imagen fue una de las más recordadas del 7 de octubre, ingresó en Vine Ventures después de 246 días de cautiverio. La exestudiante de inteligencia artificial dijo que quiere usar la red internacional que construyó mientras abogaba por los rehenes para ayudar a startups israelíes a entrar en el mercado de Estados Unidos.

«Perdí a muchas personas. Vi con mis propios ojos el infierno», dijo Argamani a Business Insider. «Pero elijo cada día tener otra parte de mi vida, mirar hacia adelante, ir a trabajar y no dejar que el duelo se convierta en mi identidad».

La historia, sin embargo, no es lineal ni benigna. No todos los sobrevivientes han prosperado después del ataque. Shirel Golan, de 22 años, que vivió la masacre del festival Nova, se suicidó cerca de un año después del ataque, y su familia culpó al horror de ese día por el deterioro de su salud mental.

Un informe de 2024 de la Knesset señaló que más de la mitad de los 3.000 sobrevivientes de los ataques del 7 de octubre habían sido remitidos a consejería de salud mental.

Aun así, los sobrevivientes que hablaron con The Post dijeron que tratan de seguir adelante, sin permitir que la violencia defina el resto de sus vidas. Siegel y su esposa Aviva, liberada tras 51 días en cautiverio, llevaron esa experiencia a causas humanitarias fuera de Israel.

En enero viajaron con la organización israelí IsraAID a Kakuma, un campamento de refugiados en Kenia donde viven más de 300.000 personas que huyeron de conflictos en África. Keith dijo que quedó impresionado por los paralelos entre esas vidas y su experiencia en Gaza: hambre, sed, mala higiene, separación de la familia y la sensación constante de que la muerte podía llegar en cualquier momento.

Después, los Siegels recorrieron Estados Unidos en busca de apoyo para el trabajo de IsraAID. Keith dijo que ese proceso le dio más confianza y una sensación de crecimiento personal.

Aviva, de 64 años, también volcó su experiencia en un libro, «The Main Thing is to Wake Up to a New Morning», donde relata su cautiverio, la espera por Keith y la campaña que ocupó su vida hasta que él regresó. «Siento que he sacado las palabras que quería decir», dijo. «Estuvimos allí. Pasamos por lo que pasamos, y tenemos que difundir la verdad».

Kozlov, que fue rescatado junto con Argamani y otros dos rehenes en una operación israelí en junio de 2024, comenzó a pintar sobre su cautiverio después de ser liberado. Ahora trabaja para completar una colección más amplia sobre el 7 de octubre y el cautiverio, y espera exhibirla en Nueva York.

«Todos perdimos tiempo. Algunos perdieron mucho más que eso —familias, hogares», dijo Kozlov, de 31 años. «Perdimos algo y no podemos recuperarlo, pero podemos hacer limonada con limones».

La lección es dura pero reconocible: cuando el Estado y la guerra destruyen la rutina, la reconstrucción depende menos de consignas que de incentivos, redes y espacios donde la persona vuelva a crear valor. Conviene mirar los incentivos. Los sobrevivientes que hoy escriben, pintan, invierten o ayudan a otros no solo están sanando; también están reclamando soberanía sobre sus propias vidas.

Hay allí una idea de orden humano que suele pasar desapercibida en medio de la tragedia. El daño fue causado por el terror y el secuestro; la respuesta, al menos para algunos, pasa por trabajo, mercado, ayuda privada y voz pública. Eso no borra el dolor, pero sí muestra que la libertad individual sigue siendo el mejor antídoto contra la derrota total.

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