El verano europeo de 2026 encuentra a Gustavo Barach sobre un kayak, con su casa a la vista y el lago como patio trasero. Es una imagen de serenidad construida durante décadas, pero no exenta de preguntas: «¿Qué hubiera pasado si...?»
Barach tenía 21 años cuando dejó Argentina. No huía de nada, según su propio relato: el país «lo había tratado bien» y la relación con sus padres era «entrañable». Lo que lo empujó fue la curiosidad, la misma que desde la infancia lo llevaba a imaginar qué habría «del otro lado del Atlántico».
Su primer destino fue Italia, específicamente Bracciano, provincia de Roma, donde se hospedó en casa de una amiga. La fascinación fue inmediata: un país cargado de historia, costumbres nuevas y una sensación de apertura total. Allí conoció a quien sería su primera esposa y, siguiendo el consejo de ella, el matrimonio emigró a Múnich en 1986.
Alemania lo impresionó por razones distintas a Italia. «La seriedad de las personas, la precisión de los trenes, la eficacia en todo», recuerda Barach. En sus ocho meses bávaros aprendió, según sus palabras, «el orden, el pragmatismo, el no tocar bocina mientras se maneja». Sin embargo, el invierno duro y la barrera del idioma alimentaron una nostalgia que describió como una posesión física y anímica. El matrimonio no sobrevivió a esa combinación.
De regreso en Italia, Barach reconstruyó su vida profesional en la gastronomía: trabajó en restaurantes, perfeccionó técnicas y abrió su propio establecimiento en Bracciano. La estabilidad duró hasta abril de 1999, cuando vendió el restaurante para aceptar una oferta de trabajo como cocinero en Bangkok. «Si Alemania me parecía otro mundo, Tailandia me parecía otra galaxia», resume. Lo que encontró allí fue una lección sobre la dignidad humana en condiciones materiales precarias: «vi vidas muy difíciles, con penurias económicas, pero gente con mucha dignidad, siempre con una sonrisa».
Hoy Barach representa en Italia a una empresa alemana dedicada a la venta de carne argentina, un círculo que cierra sus tres geografías vitales. Desde el kayak, la pregunta que lo acompaña no es de arrepentimiento sino de genuina incertidumbre: «¿Peor o mejor?», se interroga sobre la vida que no eligió.
Conviene mirar los incentivos. La historia de Barach no es excepcional en su estructura: un argentino que parte cuando el país le resulta pequeño para su ambición, no cuando le resulta inhabitable. Esa distinción importa. La emigración por curiosidad y vocación es un fenómeno distinto —y menos alarmante— que la emigración por colapso institucional o económico. Lo notable, sin embargo, es que décadas después la pregunta sobre Argentina persiste. No como nostalgia paralizante, sino como variable abierta en el cálculo vital de quien construyó una trayectoria sólida fuera. El dato importa más que el ruido: cuando un país genera esa duda residual incluso en quienes se fueron bien y por voluntad propia, algo en su capacidad de retener talento merece examinarse con seriedad.



