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De Bariloche a Madrid: una fotógrafa argentina construye un puente educativo para la Patagonia

Eugenia creció en condiciones de extrema precariedad en Bariloche, emigró a España y, desde allí, encontró un propósito: llevar información y educación a toda la región patagónica.
Imagen generada con IA
Las Américasmiércoles 22 de julio de 2026

Siete personas en veinticinco metros cuadrados, sin baño, sin calefacción y con agua traída del río en bidones. Así transcurrió la infancia de Eugenia en Bariloche. Empezó a trabajar a los diez años junto a su madre, pero nunca abandonó la escuela: «Me recuerdo siempre sentada estudiando, sentía que eso me iba a ayudar a ser alguien», recuerda.

A los diecisiete años intentó estudiar arquitectura en La Plata. El proyecto se derrumbó por los costos y el desarraigo. Volvió a Bariloche, y ese regreso, lejos de clausurar sus ambiciones, las reafirmó. «Cuando uno fue pobre siente que teniendo algo o siendo alguien, va a ser aceptado o incluido en la sociedad», reflexiona.

A los dieciocho años descubrió la fotografía. Un año después formó su primer emprendimiento —fotografía deportiva y familiar— junto a un socio. El reconocimiento llegó a niveles internacionales, según el relato de la propia Eugenia. Sin embargo, una relación personal conflictiva y problemas de salud la empujaron hacia una decisión que ya venía madurando: emigrar.

«Irme lo hice porque desde muy chiquita luchaba por una realidad de mi ciudad más bonita y no lo logré», admite. El proceso de partida duró seis meses: despedidas graduales, venta de pertenencias y, la más difícil, el último abrazo a su padre, con quien mantenía, según sus propias palabras, «una relación difícil y violenta».

Eugenia llegó primero a Francia, recorrió varias ciudades y finalmente se instaló en España. Poco después de establecerse allí, su padre falleció. Pensó en regresar, pero su propia salud aún era vulnerable y temía que el golpe del retorno desmantelara el camino que había construido. Su familia, desde Argentina, respaldó esa decisión.

«Lo que nos pasa a los patagónicos es que todo queda muy lejos. Cuando vivís tan alejado, y con un frío que hace que te aísles mucho más... para mí fue una etapa de sufrimiento pero que después despertó en mí una personalidad de superación», explica.

Desde España, Eugenia alcanzó lo que describe como uno de los mejores puestos de su carrera profesional. Ese logro, paradójicamente, no la alejó de Argentina: la acercó. La distancia le permitió revalorizar su origen y articular un propósito concreto: «Fortalecer, educar y dar acceso a la información a toda la región patagónica», según sus propias palabras. El proyecto apunta, en particular, a «rescatar mi sangre argentina».

Conviene mirar los incentivos que produce la movilidad. La historia de Eugenia ilustra un patrón que los datos sobre emigración latinoamericana confirman con frecuencia: quienes salen no necesariamente se desvinculan; a menudo regresan —en capital, conocimiento o propósito— con más herramientas que las que el Estado local jamás les proveyó. La Patagonia, región de vastas distancias y escasa conectividad institucional, concentra ese déficit con particular intensidad.

El dato importa más que el ruido. Lo que esta trayectoria pone en evidencia no es el fracaso del individuo, sino el costo de sistemas que no ofrecen escaleras de movilidad temprana: sin acceso a educación terciaria accesible en su ciudad, sin infraestructura que reduzca el aislamiento, Eugenia tuvo que construir su propio puente. Que lo haya logrado habla de su carácter; que haya tenido que hacerlo sola habla de una deuda pendiente con la región.

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