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Colombia rompe con Irán y endurece su política exterior por seguridad

Bogotá cortó relaciones diplomáticas con Teherán por presuntos vínculos con grupos narcoterroristas y declaró terrorista a la Guardia Revolucionaria iraní. La medida refuerza el giro de Abelardo de la Espriella, con apoyo de Trump, y pone la seguridad por encima de la continuidad diplomática.
Imagen generada con IA
Las Américassábado 26 de septiembre de 2026

Colombia anunció el jueves la ruptura de relaciones diplomáticas con Irán, alegando razones de seguridad y presuntos vínculos del gobierno iraní con «grupos narcoterroristas», informó la Cancillería.

El rompimiento se hizo efectivo desde el 19 de septiembre. No implica la ruptura de relaciones consulares, aclaró el ministerio en un comunicado.

La decisión fue presentada como parte de la nueva guía de política exterior que impulsa el gobierno del conservador Abelardo de la Espriella, apoyado desde la campaña por el presidente estadounidense Donald Trump. Conviene mirar los incentivos: el giro busca marcar distancia con un gobierno señalado por Bogotá como una amenaza directa para la seguridad nacional.

Colombia indicó que tuvo en cuenta «presuntos vínculos del gobierno de Irán con grupos terroristas internacionales y otros grupos narcoterroristas que amenazan la seguridad del país», aunque no detalló cuáles. En un comunicado adicional, declaró como «grupo terrorista» a la Guardia Revolucionaria iraní.

Según la Cancillería, ese cuerpo «reprime a la población iraní y ataca en operaciones encubiertas», más allá de Irán. A partir de ahora, Colombia reforzará sus medidas de control para evitar que sus miembros ingresen al país.

La Guardia Revolucionaria surgió de la Revolución Islámica de 1979 como una fuerza destinada a proteger el gobierno supervisado por clérigos chiíes y más tarde quedó consagrada en la Constitución iraní. Ese origen importa menos que la lectura política que hace Bogotá: considera que el costo diplomático de sostener el vínculo ya no compensa el riesgo que dice percibir.

Colombia agregó que rompió con Irán por las «violaciones constatadas de derechos humanos cometidas por el gobierno iraní» dentro de su territorio, además de los ataques contra «países que no son parte del conflicto en el Medio Oriente», el bloqueo al estrecho de Ormuz y la obstrucción a las labores del Organismo Internacional de Energía Atómica.

Las relaciones entre Colombia e Irán se establecieron en 1975. Según la Cancillería colombiana, la embajada de Colombia en Nueva Delhi es concurrente para Irán en asuntos diplomáticos y consulares.

Perú, bajo el mando de la conservadora Keiko Fujimori, también rompió relaciones con Irán por considerar que su actuación «amenaza la estabilidad» en Oriente Medio y «afecta gravemente la paz y seguridad internacionales».

El dato importa más que el ruido: el gobierno colombiano ha elegido una ruptura formal con costo diplomático limitado, pero con una señal política clara. En el fondo, la decisión pone por delante el orden y la seguridad frente a la rutina de las relaciones con un régimen que Bogotá describe como hostil.

También revela una prioridad de fondo. Cuando un Estado dice que ciertos vínculos ya no pueden sostenerse sin elevar riesgos internos, está defendiendo el principio básico de soberanía. Eso puede abrir tensiones, pero deja claro quién asume el control de la frontera y quién define el umbral de tolerancia del aparato estatal.

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