El vicepresidente de China, Han Zheng, utilizó su intervención ante la Asamblea General de la ONU para proyectar a Pekín como un actor de estabilidad en un momento de volatilidad. Dijo que China ha sido «una fuerza estabilizadora» desde 1971 y defendió una visión de seguridad común alejada de la «confrontación entre bloques» y la «mentalidad de guerra fría».
Su mensaje combinó diplomacia clásica con una agenda explícita sobre comercio, tecnología y gobernanza global. Han reclamó multilateralismo y cooperación tanto en política internacional como en el desarrollo de la inteligencia artificial, para la que pidió un enfoque «orientado al bien» y «centrado en las personas». También sostuvo que «ningún país puede prosperar sin un entorno abierto y basado en la cooperación».
En materia de seguridad internacional, pidió que los grandes países asuman «responsabilidades especiales» en la salvaguarda de la paz y la seguridad, y que tomen la delantera en el cumplimiento de normas. Rechazó además «las acciones militares unilaterales que vulneran la Carta de la ONU sin autorización del Consejo de Seguridad».
Han también abordó conflictos concretos. Instó a una «solución de dos Estados» entre Israel y Palestina, pidió respeto a la soberanía y la seguridad de los países de Medio Oriente, y reclamó el levantamiento del bloqueo contra Cuba. En la otra parte del tablero, defendió la estabilidad del comercio mundial y de las cadenas industriales y de suministro, al advertir que construir barreras o interrumpir esas cadenas «dañan los intereses de las partes».
La intervención llega en un contexto de fricción entre China y Estados Unidos por el control de la inteligencia artificial. La nota de su discurso es clara: Pekín quiere presentarse como guardián de un orden internacional basado en reglas mientras amplía su influencia en los debates sobre tecnología, comercio y seguridad.
Conviene mirar los incentivos. China habla el lenguaje de la estabilidad porque ese lenguaje le permite presentarse como defensora del orden internacional sin renunciar a sus propios intereses estratégicos. En una ONU donde pesan los votos del Sur global y el cansancio ante la confrontación de grandes potencias, esa narrativa ofrece dividendos diplomáticos.
Pero el dato político relevante es otro: la competencia por la hegemonía tecnológica y comercial no se resuelve con declaraciones solemnes. Se resuelve en reglas, disciplina institucional y capacidad real de sostenerlas. Para los países que dependen de cadenas de suministro abiertas y de un entorno previsible, la promesa de multilateralismo importa solo si se traduce en incentivos claros y en límites verificables al uso del poder estatal.

