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China, en camino de armarse con biotecnología mientras EE.UU. depende de sus laboratorios

Más del 40% de los componentes clave de los medicamentos estadounidenses proviene exclusivamente de China, y Pekín acumula una cartera de tratamientos experimentales que rivaliza con la de Washington. El costo de no actuar se diferirá, pero no desaparecerá.
Imagen generada con IA
Estados Unidosjueves 13 de agosto de 2026

El dato importa más que el ruido: más del 40% «de los bloques de construcción clave para los medicamentos estadounidenses se obtienen únicamente en China», según advierte Bethany McLean en The Free Press. A ese dato se suma un estudio publicado en The Journal of the American Medical Association que señala que la República Popular «tiene ahora una cartera de tratamientos experimentales casi tan grande como la de Estados Unidos».

El escenario que más preocupa a analistas del sector no es la competencia comercial ordinaria, sino algo cualitativamente distinto: «una toma de control china de la industria biotecnológica tan generalizada» que haría «inconcebible» que los estadounidenses no dependieran de China para sus medicamentos, con consecuencias que la propia industria califica de «catastróficas». Algunos actores del sector insisten en que es solo cuestión de tiempo antes de que Pekín weaponice la biotecnología.

La respuesta no será indolora. McLean reconoce que «cualquier acción que tome EE.UU. requerirá cierto dolor», ya sea para los pacientes o para las ganancias de las grandes farmacéuticas. Pero el argumento central es que «no hacer nada» solo aparentará no tener costo —«hasta que lo tenga».

En paralelo, el debate político interno en Washington sigue distraído en otras coordenadas. The New York Times resucitó la llamada «prueba de la cerveza» —¿es este candidato alguien con quien tomarías una cerveza?— para cubrir la candidatura independiente al Senado de Dan Osborn en Nebraska. El comentarista Matt Taibbi, de Racket News, señala que ese recurso «desapareció en gran medida» cuando la cerveza se convirtió en símbolo de «valores deplorables» tras el ciclo de 2016, y que ahora regresa porque permite a los demócratas apoyar a un independiente «sin endorsar tendencias de ocio heteronormativas». La observación ilustra cuánto espacio ocupa la política de identidad en la cobertura mediática mientras amenazas estructurales como la dependencia farmacéutica permanecen en segundo plano.

En otro frente, Nueva York lleva dos años en disputa legal con las Hermanas Dominicas de Hawthorne, cuyo Rosary Hill Home ofrece «atención médica gratuita a personas pobres con cáncer terminal». Según John J. Miller en The Wall Street Journal, el Departamento de Salud estatal ha amenazado con «multas, pérdida de su licencia operativa e incluso prisión» si las religiosas no cumplen directivas que, según la orden, contradicen su fe católica. El estado exige además que cuatro órdenes de monjas «asistan a pacientes que deseen suicidarse».

En el plano geopolítico, India e Indonesia —que juntas representan más de una quinta parte de la población mundial— avanzan en la dirección opuesta a los mandatos climáticos de Naciones Unidas. Según Vijay Jayaraj en The Hill, Indonesia «rechaza la propaganda verde» tras recientes apagones masivos, mientras que cerca del 80% de la electricidad de India proviene del carbón. Ambos países planean «una expansión masiva del comercio energético», incluyendo la solicitud india de más carbón indonesio para alimentar «una red eléctrica voraz».

Conviene mirar los incentivos. La dependencia farmacéutica de China no es un accidente de mercado: es el resultado acumulado de décadas de decisiones de política industrial en Pekín y de inercia regulatoria en Washington. Corregirla exigirá subsidios, aranceles o ambos —herramientas que tienen costos reales para el contribuyente y para la libre empresa en el corto plazo. Pero la alternativa —dejar que un adversario estratégico controle el suministro de medicamentos esenciales— es una vulnerabilidad que ningún principio de libre mercado puede justificar. El orden internacional que protege la propiedad, la innovación y la soberanía requiere, en ocasiones, que las democracias de mercado actúen antes de que el costo se vuelva irreversible.

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