El presidente cubano Miguel Díaz-Canel agradeció el domingo al gobierno de China el envío de 5.000 sistemas fotovoltaicos destinados a zonas rurales, centros de salud, círculos infantiles y sucursales bancarias de la isla. La donación fue anunciada primero por el ministro de Comercio Exterior e Inversión Extranjera, Oscar Pérez-Oliva, y ratificada por Díaz-Canel en redes sociales.
El mandatario enmarcó el gesto chino dentro de los «esfuerzos que está haciendo Cuba para cambiar su matriz energética, en medio del bloqueo genocida», en referencia al embargo impuesto por Estados Unidos. La retórica oficial atribuye la crisis al cerco exterior; los hechos sobre el terreno apuntan a un sistema eléctrico en estado crítico.
El propio Díaz-Canel ofreció, sin proponérselo, la medida más elocuente del desastre: afirmó que el país había «recuperado con un enorme esfuerzo más de 100 MW» de potencia en un grupo de islas de generación distribuida, y añadió que si esos 100 MW estuvieran disponibles cada día, «los apagones en Cuba solo tendrían una duración de tres horas y no de 20 o más horas». La comparación implica que los cortes actuales se extienden por encima de ese umbral.
La declaración se produjo en un encuentro internacional de partidos comunistas y obreros, foro en el que Díaz-Canel calificó de «criminales y fascistas» a quienes, según él, diseñan «sádicamente un cerco energético contra toda una nación». El régimen sostiene que el bloqueo energético, reforzado por Washington desde comienzos de año, ha provocado en ocasiones la paralización absoluta del suministro.
La donación china llega, pues, a un país donde el Estado no logra garantizar electricidad durante la mayor parte del día. Cinco mil sistemas fotovoltaicos son un alivio puntual para comunidades rurales y servicios básicos, no una solución estructural para una red que acumula décadas de desinversión.
El dato importa más que el ruido. Beijing no regala infraestructura energética por altruismo: cada panel instalado en Cuba profundiza la dependencia de La Habana respecto de su principal socio estratégico y amplía la presencia china en el Caribe, a pocas millas de Florida. Para el régimen cubano, la donación es oxígeno político en un momento de máxima fragilidad; para China, es una inversión de influencia de bajo costo.
Conviene mirar los incentivos. Un gobierno que lleva seis décadas administrando la misma economía planificada, y que hoy necesita que una potencia extranjera done paneles solares para mantener encendidos sus hospitales y bancos, ha demostrado con creces su incapacidad para proveer los bienes más básicos a sus ciudadanos. El bloqueo existe y tiene efectos reales, pero la historia sugiere cautela ante regímenes que convierten la escasez en argumento permanente para posponer reformas de mercado. Los cubanos que soportan 20 horas sin luz no necesitan más retórica en foros de partidos comunistas: necesitan un sistema energético que funcione, y eso no lo construye ninguna donación.



