El embajador de China en México, Chen Daojiang, afirmó en conferencia de prensa que su país y Estados Unidos acordaron «construir una relación estratégica basada en el respeto, la equidad y la reciprocidad» y que se alcanzaron entendimientos tras la visita de Estado de Xi Jinping a EU, donde se reunió con Donald Trump del 23 al 25 de septiembre pasados.
Chen añadió que China está dispuesta a trabajar junto con México y los demás países latinoamericanos para mantener una «estrecha coordinación de igualdad, beneficio mutuo y cooperación de ganancias compartidas». Esa formulación importa porque sitúa a México dentro de una estrategia china más amplia en la región, justo cuando Washington y Beijing siguen intentando administrar una relación de competencia y contacto.
El diplomático también señaló que, en la lucha antidrogas, «las dos partes trabajando en estrecha colaboración, desarticularon profundamente múltiples casos relacionados con nuevas sustancias sicoactivas y precursores químicos». En paralelo, remarcó que China espera que la parte estadounidense se mantenga firme en su postura contra la independencia de Taiwán y aborde con prudencia la cuestión de la isla.
Chen fue todavía más lejos al decir que, cuando China desarrolla sus relaciones con Estados Unidos y con todos los países del mundo, el objetivo de una sola China constituye una «línea roja infranqueable». Añadió que la reunificación completa de China es una «tendencia histórica irreversible» que ninguna fuerza puede detener.
Para México, el dato relevante no es solo el lenguaje diplomático, sino el tipo de vínculo que Beijing intenta cultivar con la región: coordinación política, cooperación antidrogas y una narrativa de beneficio mutuo. Conviene mirar los incentivos. China busca ampliar su margen de acción en América Latina mientras mantiene abiertas sus conversaciones con Washington en un terreno donde la reciprocidad y el respeto son invocados, pero no siempre garantizados.
Desde la óptica de la soberanía y la estabilidad, México tiene razones para cuidar sus relaciones con ambos gigantes sin quedar atrapado en sus disputas. Pero también debería recordar que toda promesa de «ganancias compartidas» merece examen concreto: qué recibe el país, bajo qué condiciones y con qué costos eventuales para su libertad de decisión. El equilibrio entre apertura y autonomía no se sostiene con declaraciones; se sostiene con reglas claras y con instituciones firmes.
