Edición Globalsábado 17 de octubre de 2026 El mundo en breveLa edición semanal
Continente ORDEN Y PERSPECTIVA GLOBAL.
LíderesEstados UnidosLas AméricasEuropaAsia y ChinaOriente Medio y ÁfricaInternacionalNegociosFinanzas y economíaCiencia y tecnologíaCultura
Secciones y más
El mundo
LíderesEstados UnidosLas AméricasEuropaAsia y ChinaOriente Medio y ÁfricaInternacional
Negocios, ciencia y cultura
NegociosFinanzas y economíaCiencia y tecnologíaCultura
El medio
El mundo en breveLa edición semanal BoletinesAcerca
Las Américas

China blinda su influencia en Venezuela ante el avance petrolero de Washington

Pekín invoca el Derecho Internacional para proteger sus intereses en Caracas justo cuando Estados Unidos asegura una porción de las reservas más grandes del hemisferio.
Imagen generada con IA
Las Américaslunes 7 de septiembre de 2026

El Ministerio de Exteriores chino salió al paso este lunes para fijar una línea roja frente al acuerdo energético que Estados Unidos selló con Venezuela. «La cooperación entre China y Venezuela está protegida por el Derecho Internacional y la legislación de ambos países, no guarda relación alguna con terceros y no debe ser objeto de injerencias por parte de ningún tercero», afirmó la portavoz Mao Ning, según recogió el diario Global Times.

La portavoz añadió que los derechos e intereses legítimos de China en el país caribeño «deben protegerse», una formulación diplomática que busca fijar un límite sin nombrar directamente a Washington.

El pronunciamiento llega días después de que la presidenta interina de Venezuela, Delcy Rodríguez, anunciara un acuerdo petrolero con Estados Unidos. El plan contempla el desarrollo de 17 campos considerados estratégicos, con un potencial estimado de 65.000 millones de barriles de petróleo. La inversión proyectada supera los 100.000 millones de dólares, y el Estado venezolano espera recaudar más de 209.000 millones de dólares en ingresos fiscales.

Son cifras que, de materializarse, convertirían a Venezuela en uno de los principales destinos de capital energético del continente en la próxima década. Para Washington, el pacto no es solo comercial: supone acceso directo a una de las mayores reservas probadas del mundo, en un momento en que la diversificación de proveedores de crudo pesa cada vez más en el cálculo estratégico estadounidense.

China, mientras tanto, observa con inquietud cómo su histórico terreno de influencia en Caracas —construido durante años de préstamos, infraestructura y compras de crudo cuando pocos otros compradores estaban dispuestos a operar bajo sanciones— podría diluirse frente a la llegada de capital e inversión estadounidenses con reglas más previsibles y acceso a tecnología de punta.

La cautela con la que Pekín eligió sus palabras —hablando de «terceros» sin citar a Estados Unidos— sugiere que el gobierno chino prefiere evitar una confrontación abierta mientras negocia, por otra vía, su propia relación comercial con Washington. El mensaje parece dirigido tanto a Caracas como a la Casa Blanca: China no cederá sus posiciones adquiridas sin resistencia, pero tampoco busca escalar la disputa a un terreno que ponga en riesgo otros frentes de su política exterior.

Conviene mirar los incentivos. Venezuela, con una economía devastada por años de control estatal, mala gestión y aislamiento internacional, tiene poco margen para rechazar capital fresco, venga de donde venga. Lo que decida priorizar —seguridad jurídica para el inversor occidental o continuidad con el socio chino que la sostuvo durante el peor tramo de las sanciones— dirá mucho sobre si el chavismo está dispuesto a ceder terreno ideológico a cambio de oxígeno económico real.

Para Washington, el acuerdo es una apuesta con dos caras. Si las inversiones anunciadas se traducen en producción efectiva y en reglas de propiedad respetadas, Estados Unidos gana una fuente de crudo cercana y reduce su exposición a proveedores menos fiables. Pero la historia sugiere cautela: Venezuela ha firmado compromisos de gran escala antes, y la ejecución —no el anuncio— es lo que define si el capital privado recupera confianza en un país donde la propiedad y los contratos han sido, durante dos décadas, moneda de cambio político. El dato importa más que el ruido, y en este caso el dato pendiente es cuánto de esos 100.000 millones de dólares llega realmente a convertirse en pozos operativos y no en otra promesa diplomática más.

Más sobre Las Américas

La edición semanal

El temario completo de la semana

Leer la edición →