El ministro de Relaciones Exteriores de Chile, Pérez Mackenna, expuso esta semana en el seminario «Sofofa Chile-China: Mirando la próxima década, a 20 años del Tratado de Libre Comercio» con un mensaje inequívoco: la relación con Beijing no está en revisión. «China es un socio muy importante con el que queremos seguir trabajando», afirmó.
El canciller destacó que el Tratado de Libre Comercio entre ambas naciones cumple este año dos décadas en vigor. Durante ese período, según sus palabras, se generó «un marco jurídico estable y predecible que ha permitido un crecimiento sustancial del comercio» y consolidó a China como el principal socio comercial de Chile. Actualmente, 120 productos provenientes de distintas regiones del país y de empresas de distintos tamaños se exportan al mercado chino.
En materia de inversiones, el ministro subrayó el papel de capitales chinos en el sector de transportes. «China se ha convertido en un socio fundamental en nuestro proceso de electrificación vehicular, contribuyendo con tecnologías y buses que hoy recorren las calles de Santiago», dijo. Pérez Mackenna también mencionó un «creciente interés de empresas chinas por invertir» en Chile y aprovechó el foro para destacar las condiciones que el Ejecutivo atribuye a la llamada megarreforma para los inversionistas.
El contexto no es menor. Chile enfrenta al mismo tiempo la imposición de aranceles de castigo por parte de Estados Unidos contra su economía y varias otras. Excancilleres de la oposición han criticado que el gobierno haya calificado a Washington de «socio estratégico», advirtiendo que esa señal podría descuidar el vínculo con Beijing. La respuesta de Pérez Mackenna fue de equilibrio explícito: «nuestra política exterior debe estar al servicio de los intereses nacionales», con «autonomía, pragmatismo y una mirada de largo plazo».
Para la próxima década, el canciller trazó una hoja de ruta basada en «profundización y diversificación», preservando «el respeto mutuo y el diálogo abierto» e identificando nuevas áreas de convergencia. «Chile tiene la firme voluntad de seguir construyendo con China una vinculación sólida basada en la confianza, el beneficio mutuo y una visión de largo plazo», concluyó.
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Conviene mirar los incentivos. Chile es hoy un exportador de materias primas —cobre, litio, fruta— cuyo principal comprador es China; cualquier gobierno, independientemente de su color, tiene poco margen para ignorar esa aritmética. El TLC de 20 años es, en ese sentido, un activo real de libre comercio que merece reconocimiento.
El dato importa más que el ruido. Lo que está en juego no es la retórica de la «autonomía estratégica», sino la capacidad de Santiago para negociar condiciones de inversión que protejan la propiedad, los estándares regulatorios y los intereses de largo plazo de los chilenos —no solo el volumen de intercambio—. Un socio comercial de primer orden no es automáticamente un socio en igualdad de condiciones. La próxima década exigirá precisamente eso: pragmatismo con reglas claras, no solo voluntad de «seguir trabajando».



