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Chats de Petro sobre Alcocer reavivan el costo político del poder cerrado

Ángela Benedetti reaccionó a mensajes entre Eva Ferrer y Gustavo Petro en los que se describe a Verónica Alcocer como «una tirana». La discusión expone fricciones en el entorno presidencial y vuelve a poner bajo lupa las entrañas del petrismo.
Imagen generada con IA
Las Américaslunes 21 de septiembre de 2026

Ángela Benedetti reaccionó a uno de los chats publicados por SEMANA entre Eva Ferrer y Gustavo Petro sobre Verónica Alcocer. En un mensaje citado por el medio, Ferrer escribió: «Yo a Vero la quiero, pero ya no me gusta. Se ha vuelto una tirana, nadie puede hablar con ella, solo grita y nadie la contradice».

Benedetti respondió: «Es una tirana. Me consta». En la misma publicación, SEMANA señaló que se trata del contenido de una copia de un informe pericial de informática forense que contiene el historial de conversaciones entre 2022 y 2026.

Según la información difundida por el medio, en esos chats se habla del malestar en el interior del Palacio de Nariño, de advertencias sobre hechos de corrupción en ese gobierno y del rompimiento de la relación de Ferrer con la familia presidencial. SEMANA también indicó que, en una conversación, Petro le dijo a Ferrer: «Decidiste ver cómo golpeabas a la mamá de mis hijos».

El entonces primer mandatario añadió: «Nunca he podido entender por qué una persona puede odiar y destruir». Ferrer respondió: «Disculpa, Gustavo, yo no he filtrado eso. Y la mamá de tus hijos lleva cuatro años golpeándome a mí. Pregúntaselo a ella. Así vive».

Conviene mirar los incentivos. Cuando el poder se concentra en un círculo íntimo, los costos políticos no tardan en aparecer: se debilita la confianza, se multiplican los choques internos y se erosiona la autoridad pública. El hecho central no es el chisme palaciego, sino la fragilidad institucional que dejan ver estas conversaciones.

Para el lector, el punto es simple: un gobierno que vive atrapado en disputas domésticas distrae energía de lo que importa, desde la seguridad hasta la gestión del Estado. La política personalista suele terminar castigando al ciudadano común, que paga el precio de una burocracia enredada en lealtades, resentimientos y cuentas internas.

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