La crisis migratoria que desbordó Ceuta a finales de julio tiene una explicación oficial, pero esa explicación carece todavía de respaldo documental público. El Gobierno español y las autoridades marroquíes coinciden en señalar a las mafias de tráfico de personas como responsables del repunte de entradas irregulares registrado los días 30 y 31 de julio. El problema es que ninguno de los dos ha identificado qué organizaciones concretas actuaron, cómo lo hicieron ni qué pruebas sostienen esa acusación.
Fue Marruecos el primero en invocar ese argumento. Cuando crecieron las dudas sobre un posible relajamiento de los controles fronterizos marroquíes, Rabat negó cualquier responsabilidad y atribuyó lo ocurrido a organizaciones criminales dedicadas al tráfico ilícito de migrantes y a la trata de personas. Al mismo tiempo, defendió que la cooperación con España en materia migratoria seguía siendo «ejemplar».
El Gobierno español hizo suyo ese relato pocos días después. El Ministerio del Interior aseguró que las redes de tráfico de personas habían «instrumentalizado» una reciente sentencia del Tribunal Supremo sobre devoluciones de migrantes para difundir la idea de que quienes alcanzaran Ceuta a nado ya no podrían ser devueltos de forma inmediata. Pedro Sánchez reforzó esa tesis durante su visita a la ciudad, situando a las «mafias que trafican con seres humanos» en el centro de la respuesta política a la crisis.
Hasta ahí llega la versión oficial. Más allá de ese punto, las preguntas quedan sin respuesta. Ni el Ministerio del Interior ni el Gobierno han identificado públicamente qué organizaciones estarían detrás de esta oleada. No han trascendido nombres de cabecillas, estructuras concretas ni investigaciones policiales vinculadas específicamente a los acontecimientos de esos días. No se han anunciado detenciones relacionadas con esta crisis ni se han difundido comunicaciones interceptadas o movimientos económicos que permitan reconstruir cómo habrían actuado esas redes.
La propia Audiencia Nacional ha pedido a la Comisaría General de Extranjería y Fronteras un informe para determinar si la entrada masiva respondió a una acción concertada o dirigida por alguna organización criminal. La magistrada María Tardón ha reclamado ese informe antes de decidir si el tribunal es competente para investigar los hechos, lo que confirma que la existencia de una estructura criminal detrás de esta crisis sigue siendo una cuestión pendiente de esclarecer.
Eso no significa que las redes de tráfico de personas sean una ficción. Su presencia en el norte de Marruecos está ampliamente documentada. Guardia Civil, Policía Nacional, Europol y las autoridades marroquíes han desarrollado numerosas operaciones contra organizaciones asentadas en zonas como Tetuán, Fnideq, Tánger y Nador. Las investigaciones sobre estas redes describen un entramado de pequeñas células —captadores, intermediarios, conductores, propietarios de viviendas de espera, falsificadores de documentos— que colaboran entre sí, no una organización jerárquica única.
En el caso de Ceuta, la cercanía entre ambas orillas hace que el negocio no pase necesariamente por organizar una travesía marítima. Las redes obtienen ingresos mediante la venta de chalecos salvavidas y flotadores, el traslado hasta las playas próximas a la frontera, el alojamiento previo al cruce y la venta de información sobre puntos con menor vigilancia. WhatsApp, Telegram y TikTok se utilizan para coordinar desplazamientos y difundir mensajes sobre supuestas oportunidades de acceso a territorio español.
Conviene mirar los incentivos. El aparato de gobierno español tiene razones políticas para situar a las mafias en el origen de la crisis: ese encuadre desplaza la responsabilidad hacia actores externos y neutraliza las preguntas sobre la gestión fronteriza. Marruecos, por su parte, tiene incentivos similares para descartar cualquier lectura que sugiera una relajación deliberada de sus controles. Que ambos gobiernos compartan exactamente el mismo relato antes de que exista evidencia pública verificable no convierte ese relato en falso, pero sí obliga a exigir lo que la Audiencia Nacional ya ha reclamado: pruebas. El dato importa más que el ruido.


