El Mando Central del Ejército de Estados Unidos (CENTCOM) desmintió este jueves la afirmación de los medios estatales iraníes de que el tránsito por el estrecho de Ormuz «solo está permitido a través de las rutas designadas por Irán».
«Irán no controla el estrecho de Ormuz», publicó el CENTCOM en redes sociales. El organismo precisó que «desde principios de mayo» sus fuerzas han «contribuido a facilitar el tránsito con éxito de más de 800 buques mercantes y de 380 millones de barriles de petróleo crudo» a través del paso que conecta los golfos Pérsico y de Omán.
La disputa verbal se produce en un momento de alta tensión. La Armada de la Guardia Revolucionaria iraní advirtió el mismo jueves que los bombardeos ejecutados por Estados Unidos «afectan gravemente» a la «reapertura gradual» del estrecho, y alertó sobre el impacto de esa situación en «los intereses de los países que se benefician» de esa vía marítima.
Teherán ha sostenido en los últimos días que el paso debe coordinarse con sus fuerzas hasta que exista un acuerdo de paz definitivo que cierre el conflicto abierto en Oriente Próximo por la ofensiva israelí-estadounidense. Washington rechaza esa premisa de manera explícita y con datos operativos.
El estrecho de Ormuz es uno de los cuellos de botella energéticos más sensibles del planeta: por él transita una fracción significativa del petróleo que abastece a los mercados globales. Cualquier restricción real —o incluso la percepción de una restricción— se traduce de inmediato en volatilidad de precios y en presión sobre cadenas de suministro que van desde Asia hasta Europa.
Conviene mirar los incentivos. Irán tiene razones para sostener una narrativa de control sobre Ormuz aunque carezca de la capacidad militar para imponerla: la ambigüedad estratégica es, en sí misma, un instrumento de presión sobre potencias consumidoras y sobre los propios negociadores en cualquier eventual acuerdo nuclear o de cese de hostilidades. Reclamar jurisdicción sobre el estrecho sin necesidad de ejercerla militarmente eleva el costo político de cualquier acuerdo que Teherán deba firmar desde una posición debilitada.
El dato importa más que el ruido. CENTCOM no solo niega la narrativa iraní: la refuta con cifras operativas —800 buques, 380 millones de barriles— que señalan continuidad del flujo comercial bajo presencia naval estadounidense. Esa presencia tiene un costo para el contribuyente norteamericano, pero también cumple una función que los mercados de energía y los aliados regionales valoran en términos concretos: la garantía de que ningún actor estatal puede cerrar unilateralmente una arteria que la economía global no puede permitirse perder. La historia sugiere cautela ante declaraciones de victoria anticipada, pero el registro operativo de los últimos dos meses inclina la balanza narrativa hacia Washington.

