El Mando Central de Estados Unidos (CENTCOM) anunció una nueva ronda de ataques contra Irán, dirigida a degradar la capacidad de Teherán de interferir con la navegación comercial en el estrecho de Ormuz. Según el comunicado oficial de CENTCOM, las fuerzas estadounidenses golpearon aproximadamente 90 objetivos militares iraníes, entre ellos sistemas de defensa aérea, activos de vigilancia costera, depósitos de misiles y drones, capacidades navales e infraestructura logística militar a lo largo de la costa iraní.
La noche anterior, según el mismo comunicado, fuerzas de CENTCOM habían alcanzado aproximadamente 80 objetivos, incluyendo más de 60 embarcaciones pequeñas del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI), en respuesta a lo que Washington calificó como una violación del alto el fuego por parte de Irán al atacar tres buques comerciales.
«Estados Unidos está haciendo responsable a Irán por su agresión injustificada reciente contra el tráfico comercial y las tripulaciones civiles que navegan libremente por una vía acuática internacional vital», señaló CENTCOM en su comunicado publicado en X. El presidente Trump declaró que el alto el fuego está «terminado».
La respuesta iraní no tardó en llegar. Ebrahim Rezaei, identificado en su perfil de X como representante del Parlamento iraní y vocero de la Comisión de Seguridad Nacional y Política Exterior, escribió en esa red social —según traducciones automáticas del persa— que los iraníes deben «aguardar la bofetada dura». Por su parte, Mohammad Bagher Ghalibaf, presidente del Parlamento iraní, advirtió de forma explícita: «Si golpeas, te golpearán». Ghalibaf añadió que el estrecho de Ormuz «solo abrirá con arreglos iraníes, no con amenazas americanas», según las mismas traducciones automáticas.
Ambos funcionarios publicaron sus mensajes tras el anuncio de CENTCOM sobre la segunda ronda de ataques. Las declaraciones subrayan que el enfrentamiento no es solo militar: el estrecho de Ormuz, por donde transita una porción significativa del comercio global de hidrocarburos, se ha convertido en el eje de la disputa.
Conviene mirar los incentivos. La estrategia de Washington apunta a imponer costos directos al aparato militar iraní —en particular al CGRI— por cada acción que interrumpa la libre navegación. El mensaje es claro: la libertad de los mares no es negociable. Las amenazas de Teherán, por su parte, revelan la fragilidad de un régimen que, ante la presión militar, recurre a la retórica de represalia sin precisar ni el momento ni el instrumento.
El dato importa más que el ruido. Cada buque comercial atacado por Irán es un golpe a las cadenas de suministro globales y un costo real para empresas, marineros y consumidores que no tienen voto en esta disputa. Que Washington haya optado por una respuesta calibrada —objetivos militares, no civiles— preserva la legitimidad de la acción y eleva el precio que Teherán paga por cada provocación. La historia sugiere cautela: los ciclos de escalada en el Golfo Pérsico rara vez se resuelven con una sola ronda de golpes, pero la determinación de sostener la presión es, hasta ahora, el único lenguaje que ha movido los cálculos iraníes.

