Francia Márquez cerró su etapa como vicepresidenta de Colombia con un mensaje en X en el que agradeció el respaldo recibido en las elecciones de 2022 y destacó el valor simbólico de su elección: décadas atrás, señaló, era impensable que una mujer afrodescendiente ocupara ese cargo. La publicación coincidió con la instalación de su retrato en la galería oficial de los vicepresidentes de la República.
En el mismo texto, Márquez aseguró que trabajó con el compromiso de abrir espacios para mujeres, jóvenes, líderes sociales y comunidades de todo el país, y concluyó reiterando su intención de continuar luchando «hasta que la dignidad se haga costumbre».
La respuesta de la oposición no tardó. María Fernanda Cabal, excongresista, replicó el trino con una frase directa: «Francia, usted no gobernó, pero sí vivió sabroso». La pulla sintetizó una crítica que ha circulado durante meses en sectores contrarios al petrismo: que la vicepresidenta ocupó el cargo sin ejercer poder ejecutivo real.
El contexto da peso al señalamiento. En los últimos meses de la administración, Márquez mantuvo un perfil notoriamente bajo tras hacer públicas sus diferencias con el presidente Gustavo Petro. En distintas intervenciones cuestionó, según la fuente, los escándalos de corrupción que rodearon al Ejecutivo y expresó inconformidad por la falta de avances en proyectos para el Pacífico y otras regiones apartadas, territorios que respaldaron mayoritariamente al Pacto Histórico en 2022.
Ese distanciamiento convirtió a Márquez en una figura incómoda para el propio gobierno que integró: demasiado crítica para ser leída como aliada de Petro, pero sin atribuciones formales para corregir el rumbo desde adentro. El resultado fue, en la práctica, una vicepresidencia de baja intensidad institucional.
Conviene mirar los incentivos. El cargo de vicepresidente en Colombia carece de funciones ejecutivas autónomas; su peso depende, en gran medida, de la voluntad del presidente de delegar o compartir agenda. Que Márquez haya terminado su mandato denunciando corrupción y abandono de las regiones que votaron por el Pacto Histórico no es un dato menor: ilustra la brecha entre la promesa electoral del petrismo y su desempeño en el aparato estatal.
Para la oposición, el intercambio entre Cabal y Márquez es un resumen eficaz de cuatro años: un gobierno que llegó con retórica transformadora, acumuló escándalos y dejó sin respuesta a las comunidades que depositaron en él mayores expectativas. El dato importa más que el ruido: la propia vicepresidenta saliente documentó, en voz propia, las fallas del Ejecutivo del que formó parte.



