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Buenos Aires celebra el subcampeonato: el Obelisco, epicentro de una pasión que no cede ante la derrota

Argentina perdió la final de la Copa del Mundo 1 a 0 ante España, pero miles de hinchas se congregaron igual en el centro porteño para honrar a la Scaloneta.
Imagen ilustrativa
Las Américaslunes 20 de julio de 2026

El marcador decía 1 a 0 a favor de España. La Copa del Mundo no sería argentina. Y sin embargo, en la estación Malabia de la línea B de subtes, los cantos no se detuvieron. Los pasajeros golpeaban las ventanas del vagón como tambores y entonaban «Soy argentino, este sentimiento, no puedo parar» mientras el tren avanzaba hacia el Obelisco.

El resultado de la final —un partido que la fuente describe como «arduo», jugado en New Jersey— no apagó la convocatoria al ícono de la avenida 9 de Julio. Allí confluyeron quienes habían llegado desde la mañana para alentar y quienes llegaron después del pitazo final a celebrar, según la misma fuente, «el subcampeonato» conseguido. La densidad de la multitud fue menor que la del miércoles previo, tras la semifinal contra Inglaterra, pero la presencia fue real y sostenida.

«Acá venimos ganemos o perdamos, papá. Si perdemos todavía hay más para venir. Si no, seríamos hipócritas», dijo Jorge, un vendedor ambulante de Coca Cola y fernet que llegó al terminar la final. Pedro, otro joven al pie del Obelisco, lo resumió a su modo: «Argentina ganó, dejó a los ingleses afuera. ¡Arriba Argentina!».

El contraste geográfico fue nítido. Alejándose del microcentro, hacia Recoleta y la zona del Congreso, muchos transitaban «cabizbajos», según la crónica de La Nación. Candelaria, publicitaria de 30 años oriunda de San Isidro, admitió que «no tenía en la cabeza la posibilidad de perder» y que había llegado preparada para saltar sobre el techo del Metrobus. Manuel, diseñador gráfico de 29 años de Belgrano, contó que «apenas empezó el partido» se dio cuenta de que las chances eran escasas y que «la pasaron muy mal durante los 120 minutos».

En Villa Devoto, el santuario de las calles Segurola y Habana —rebautizadas Diego Maradona y cubiertas de stickers— volvió a cobrar vida. Laila Macedo, que vive a unas 15 cuadras, fue la primera en encender velas. Luego llegaron familias y grupos de amigos; algunos se sentaban en la vereda con la cabeza entre las manos, otros gritaban «Vamos, Argentina» junto a niños que no entendían del todo la derrota. Colgaban banderas, camisetas con el número 10, flores y guirnaldas. La misma Macedo reflexionó: «Fue coraje, valentía. Hubiese sido hermoso el final, pero ya fue hermoso lo que tuvimos».

La fuente apunta que la Scaloneta «no consiguió el tetracampeonato», lo que sitúa esta Copa en el marco de una selección que ya carga con títulos mundiales en su historia y que aspiraba a sumar uno más. Felicitas García Mansilla, terapista ocupacional de 29 años de Vicente López, dijo que ver llorar a Lionel Messi «le rompió el corazón».

El dato importa más que el ruido. Lo que Buenos Aires mostró este domingo no fue solo la reacción ante una derrota deportiva, sino la escala de capital emocional que una sociedad deposita en su selección nacional. Ese capital no se construye con decretos ni con gasto público: se acumula en generaciones, en canchas de barrio, en rituales como el de Segurola y Habana. La ciudad salió a la calle porque quiso, sin que nadie lo organizara desde arriba. Conviene mirar los incentivos: cuando el Estado se aparta, la gente encuentra sola sus propios puntos de encuentro. El Obelisco no necesitó convocatoria oficial para llenarse.

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