Bruselas amaneció este viernes dividida entre dos matices de rojo. Miles de belgas y españoles se congregaron en distintos puntos de la capital para seguir el partido de cuartos de final del Mundial entre las selecciones de Bélgica y España, con pantallas gigantes instaladas tanto en espacios públicos como en locales privados.
Ni el Manneken Pis quiso quedarse al margen. La célebre estatua del niño que orina, uno de los iconos turísticos más reconocibles de la ciudad, amaneció vestida con la indumentaria de los «Diablos Rojos», la selección belga que busca dar la sorpresa ante una España que parte como favorita.
La oferta para seguir el encuentro fue variada. La Grand Place, en el corazón de la capital, concentró a aficionados de ambos equipos. Otros espacios abiertos en los barrios de Woluwe Saint Lambert, Ixelles y Etterbek también dispusieron de pantallas de gran formato. En ciudades como Charleroi y Namur, al sur de la capital, se instalaron «fan zones» con restaurantes, bares y las típicas freidurías belgas, para que no faltaran cerveza ni patatas fritas.
Entre las iniciativas más llamativas figuró «Casa Mundial», un antiguo teatro reconvertido en espacio de visionado con tres pantallas de gran tamaño en pleno centro de la ciudad. El evento, organizado por dos valencianos, esperaba cerca de 900 asistentes, «la gran mayoría españoles», según explicó a EFE Pablo Fonts, valenciano de 27 años que trabaja en la Comisión Europea. «Se vive increíble, se vive como en casa. Y yo creo que eso la gente lo nota, lo agradece», señaló.
El retrato más nítido de la jornada lo ofreció Miguel Ángel Pérez Lavanera, bruselense de 40 años e hijo de españoles, que reconoció tener «un poquito el corazón más español», aunque aseguró que estaría satisfecho con cualquier resultado.
El dato importa más que el ruido. Lo que ocurrió en Bruselas este viernes no fue solo una celebración deportiva: fue una muestra de la densidad humana que rodea a las instituciones europeas. La ciudad que alberga la Comisión, el Consejo y buena parte del aparato regulatorio de la Unión acoge también a una comunidad de trabajadores, funcionarios y ciudadanos que llevan sus identidades nacionales consigo, con toda la carga afectiva que eso implica.
Conviene mirar los incentivos. El fútbol, a diferencia de la burocracia comunitaria, no admite comunicados ambiguos ni compromisos diferidos: al final del partido hay un ganador. Esa claridad, tan infrecuente en el lenguaje de Bruselas, explica por qué decenas de miles de personas prefirieron las plazas y los teatros reconvertidos a cualquier otra agenda. El libre encuentro de aficionados, sin mediación institucional, hizo lo que las cumbres rara vez logran: unir y dividir al mismo tiempo, con honestidad.


