Desde que Estados Unidos e Israel lanzaron su guerra contra Irán el 28 de febrero, Arabia Saudita intentó mantenerse al margen. Ese cálculo se agotó esta semana: Riad ejecutó ataques conjuntos con las fuerzas del Comando Central estadounidense (Centcom) contra un emplazamiento de las Fuerzas de Movilización Popular en Irak, el grupo paramilitar al que acusa de haber realizado, según las fuentes, 30 ataques con drones contra el Reino.
El conflicto que lleva cinco meses asolando el Golfo enfrenta a dos bloques definidos. De un lado, Irán y su Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI), respaldando a los hutíes en Yemen —que tomaron el control de gran parte del país en 2014— y a las milicias iraquíes. Del otro, Estados Unidos con sus fuerzas del Centcom, los estados árabes del Golfo y Jordania. Israel sigue siendo aliado cercano de Washington, aunque según las fuentes actualmente no participa de forma activa.
Tres frentes, una economía en juego
La presión sobre Riad se acumula en capas. En febrero, Irán cerró de facto el estrecho de Ormuz —por donde transita el 20% del petróleo y el gas natural licuado del mundo— como represalia a los ataques estadounidenses e israelíes. Los sauditas respondieron redirigiendo alrededor de cinco millones de barriles diarios por su oleoducto este-oeste hasta la terminal de Yanbu, en el Mar Rojo, para abastecer a los mercados asiáticos.
Esa ruta alternativa tampoco está a salvo. Los hutíes han comenzado a atacar buques sauditas en el Mar Rojo, convirtiendo el estrecho de Bab el Mandeb en un corredor de alto riesgo. Mientras tanto, imágenes satelitales mostraron el lunes pasado un nuevo ataque con drones sobre la instalación petrolera de Abqaiq —la misma que ya fue golpeada anteriormente, paralizando la mitad de las exportaciones sauditas durante varios días—, esta vez lanzado desde Irak por milicias afines a Irán.
El 13 de julio, Arabia Saudita bombardeó el aeropuerto de Saná alegando impedir el aterrizaje de un avión iraní. Los hutíes respondieron atacando los aeropuertos regionales sauditas de Abha y Jizan.
El costo de modernizarse bajo fuego
El príncipe heredero Mohammed bin Salman ha orientado al país hacia la Visión 2030, un plan de transformación que busca diversificar la economía, reducir la dependencia de los ingresos petroleros y generar empleo para los cientos de miles de jóvenes graduados que se incorporan al mercado laboral cada año. El plan requiere inversión extranjera e infraestructura sensible —centros de datos incluidos— que los drones hacen vulnerable.
Riad pasó siete años intentando someter a los hutíes mediante bombardeos y fracasó. En 2022 acordó una tregua precaria con ellos. Ahora enfrenta de nuevo ataques desde el sur, mientras las milicias iraquíes presionan desde el norte.
El dilema inmediato es claro: continuar contraatacando como disuasión o buscar una reducción de tensiones mediante concesiones a algunos adversarios. Trump, por su parte, no muestra señales de ceder ante las exigencias iraníes para poner fin al conflicto.
La lectura de Continente
Conviene mirar los incentivos. Arabia Saudita no es un actor ideológico en este conflicto: es un Estado que intenta construir una economía de mercado diversificada mientras su infraestructura crítica absorbe golpes. Cada dron que cae sobre Abqaiq es, en términos concretos, un impuesto no declarado sobre la inversión privada y sobre los mercados energéticos globales.
La alianza operativa con Washington —ataques conjuntos incluidos— es la apuesta lógica de quien necesita disuasión sin capacidad propia suficiente. El dato importa más que el ruido: mientras el estrecho de Ormuz permanezca bajo amenaza y el Mar Rojo sea zona de combate, la Visión 2030 compite no solo contra la burocracia interna, sino contra una guerra que nadie en Riad eligió y que ningún acuerdo de paz a la vista parece dispuesto a cerrar.

