Las fuerzas de la coalición para Yemen liderada por Arabia Saudí afirmaron que continúan brindando «pleno apoyo» a las Fuerzas Armadas del Gobierno de Yemen reconocido internacionalmente, después de que Rashad al Alimi anunciara el inicio de una gran contraofensiva para expulsar a las milicias rebeldes hutíes de Saná y derrotarlas en todo el país.
El portavoz de la coalición, Turki al Maliki, dijo en un comunicado difundido en redes que el mando conjunto reafirma su postura junto al «gobierno legítimo de Yemen» y al «hermano pueblo yemení» para poner fin al «golpe de Estado» y restaurar el Estado y sus instituciones nacionales.
Al Maliki acusó a las milicias de Ansar Alá de imponer sobre la población yemení un «bloqueo interno», desplazamientos forzosos, hambruna y el saqueo y racionamiento de recursos para su supuesto «esfuerzo bélico». También las responsabilizó de abusos contra ancianos y miembros de tribus, destrucción del tejido social, terror contra mujeres y reclutamiento de niños soldado.
El vocero añadió que los hutíes han intentado atacar La Meca y Medina, algo que dijo fue desmentido por los propios rebeldes, aunque condenado por países de la región, socios de Riad y organizaciones políticas e islámicas internacionales. El comunicado incluyó además acusaciones de ataques deliberados y sistemáticos contra civiles y objetivos civiles en varias ciudades de Arabia Saudí, así como intentos de atacar buques saudíes en el sur del mar Rojo y en el estrecho de Bab el Mandeb.
La coalición sostuvo que la continuidad de medidas «vitales y esenciales» es necesaria para disuadir a la «milicia terrorista hutí» y proteger la seguridad regional e internacional. También afirmó que el Reino posee el derecho inherente de defender su soberanía y adoptar todas las medidas operativas necesarias para detener esas violaciones.
Horas antes, Al Alimi anunció el inicio de operaciones militares para recuperar los territorios restantes de la República y extender la autoridad del Estado y sus instituciones sobre todo el territorio nacional. Las fuerzas gubernamentales temporalmente desplazadas a Adén respondían así a la campaña militar lanzada un mes antes por los hutíes en Taiz y Hodeida, desde la cual lograron avances territoriales, incluida la toma de Moca y los alrededores del estrecho de Bab el Mandeb.
Los combates se intensificaron este fin de semana, con intercambios de bombardeos entre hutíes y fuerzas saudíes que alcanzaron los alrededores de Saná y las regiones saudíes de Asir y Najrán. En Asir, una persona resultó herida.
El repunte ocurre tras más de una década de guerra civil, desde que los hutíes tomaron Saná y amplias zonas del país a finales de 2014. El conflicto ha terminado de devastar a uno de los países más pobres del mundo.
La guerra llevaba años en segundo plano, con una disminución de los enfrentamientos, tímidos intercambios de prisioneros y campañas militares de los hutíes contra Israel y la navegación por el mar Rojo por orden de Irán y como gesto de apoyo a la causa palestina.
Conviene mirar los incentivos. Arabia Saudí presenta su intervención como defensa de la soberanía, de sus ciudadanos y de las rutas marítimas, pero el coste humano y estratégico de una guerra prolongada sigue recayendo sobre Yemen. En conflictos de esta clase, el aparato militar puede prometer orden; rara vez sustituye a instituciones capaces de sostenerlo.
También hay una lectura más amplia para el comercio internacional. Si la amenaza a la libertad de navegación en el sur del mar Rojo y en Bab el Mandeb se agrava, la factura no la pagan solo las capitales implicadas, sino las economías que dependen de esas rutas. El dato importa más que el ruido: la estabilidad del corredor marítimo es un interés regional, pero también global.
