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América Latina, atrapada entre Estados Unidos y China

Omar Paganini advierte que la región no puede desconectarse de Beijing ni aceptar una zona de influencia cerrada por Washington. La salida, sostiene, pasa por diversificar comercio e inversiones y reforzar reglas e instituciones.
Imagen generada con IA
Internacionallunes 28 de septiembre de 2026

Omar Paganini, excanciller uruguayo, describe a América Latina como una región obligada a navegar entre dos potencias: Estados Unidos y China. En su lectura, la presión no es solo comercial, sino también política, porque el orden internacional se encamina hacia áreas de influencia más que hacia el multilateralismo.

Paganini sostuvo que la visión de Trump es que América Latina es su «zona de influencia». A su juicio, esa lógica recuerda a una reformulación de la Doctrina Monroe, ahora reactualizada frente a la injerencia china. Mencionó como ejemplos el Canal de Panamá, el puerto peruano de Chancay y los minerales críticos.

Para el excanciller, el dilema de la región es concreto: «no es viable una desconexión de China a nivel de comercio e inversiones». Su conclusión es que los países latinoamericanos deben preservar autonomía mediante más opciones, porque cuando falta capacidad de elegir, las condiciones las impone el otro.

En ese marco, propuso mantener comercio e inversiones con Estados Unidos, China y también Europa. Dijo que la estrategia más inteligente es buscar alianzas con países que piensen parecido en términos de comercio, y valoró el acuerdo Unión Europea-Mercosur como una pieza relevante en ese esquema. También mencionó a los países del Tratado del Pacífico como socios potenciales para diversificar.

Paganini fue crítico de la política arancelaria estadounidense, a la que calificó como una conducta que va «completamente en contra» de los intereses de la región y de cualquier concepto razonable de comercio en el siglo XXI. Según su planteo, la respuesta no debería ser el alineamiento automático, sino la construcción de más márgenes de maniobra.

El punto de fondo es más amplio que una disputa entre capitales. Conviene mirar los incentivos. Cuando una potencia busca fijar reglas de acceso, aranceles y lealtades, el espacio de decisión de los países medianos se reduce. Y cuando ese espacio se estrecha, la soberanía económica queda subordinada a la necesidad.

La región haría bien en leer esta coyuntura con menos retórica y más prudencia institucional. Un mundo de esferas de influencia premia a los que conservan alternativas y castiga a quienes concentran sus apuestas en un solo socio. En ese tablero, el libre comercio no es un eslogan: es una herramienta de autonomía.

También hay una advertencia para los gobiernos latinoamericanos. Si el impulso mundial va hacia liderazgos más personalistas y Estados más poderosos, la defensa de las garantías, las reglas y la diversidad de socios deja de ser un lujo ideológico. Se vuelve una condición para que el poder político no termine imponiendo costos crecientes sobre empresas, exportadores y contribuyentes.

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