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Alemania moviliza 377.000 millones de euros para convertirse en el pilar militar de Europa

Bajo el canciller Friedrich Merz, Berlín rompe con ocho décadas de pacifismo profiláctico y aspira a liderar la defensa del flanco oriental de la OTAN ante la presión rusa y la volatilidad transatlántica.
Imagen ilustrativa
Europasábado 25 de julio de 2026

Durante casi ochenta años, Alemania construyó su reputación sobre el motor económico, no sobre el músculo militar. Ese paradigma se rompió.

El gobierno del canciller Friedrich Merz aprobó un megaplan de 377.000 millones de euros para reconstruir la Bundeswehr y proyectarla como la fuerza convencional más poderosa y tecnológicamente avanzada del continente. El Bundestag ya desembolsó un paquete inicial de 50.000 millones de euros como primer tramo de ese programa.

El contexto lo explica. La OTAN, que históricamente fijaba el umbral de gasto en defensa en el 2% del PBI —meta que Berlín incumplió reiteradamente—, impulsa ahora a sus miembros a alcanzar hasta el 5% del PBI durante la próxima década. Para la primera economía europea, eso equivale a más de 200.000 millones de euros anuales. Lejos de resistir el requerimiento, Berlín lo asumió con ambición: aspira a convertirse en el hub logístico, operativo y de mando del flanco oriental de la alianza.

Dos vectores aceleran la decisión. El primero es Rusia. El conflicto en Ucrania revalidó la vigencia de los blindados y la artillería pesada pese al auge de los drones. Los ciberataques del GRU —servicio de inteligencia militar ruso— comprometieron el sistema de control aéreo alemán. La inteligencia rusa desplegó además campañas de desinformación para desestabilizar la política interna y ejecutó sabotajes marítimos en el mar del Norte. El segundo vector es la volatilidad política de Washington, que obliga a Europa a no dar por garantizada la cobertura estadounidense.

La industria de defensa alemana e internacional es la primera beneficiaria. Firmas como Rheinmetall, KNDS (Krauss-Maffei Wegmann y Nexter) y Diehl Defence lideran la reactivación. Entre los contratos emblema figura el interceptor Arrow 3 —misiles balísticos en el espacio exoatmosférico, por encima de los 100 kilómetros— por 3.600 millones de euros. El Leopard 2A8, modernizado con protección activa contra drones kamikazes, se ha convertido en el tanque más demandado dentro de la OTAN. El Skyranger 35, enfocado en defensa antiaérea de corta distancia, completa el arsenal antidrones. En paralelo, Berlín avanza en la adquisición de cazas F-35 provenientes de Estados Unidos para modernizar la Luftwaffe.

El dato importa más que el ruido. Alemania no está rearmándose en el vacío: lo hace con doctrina, con contratos firmados y con un respaldo parlamentario que refleja un consenso político inédito desde la posguerra.

Conviene mirar los incentivos. Un gasto de esta magnitud —financiado con deuda pública y reformas constitucionales al freno de endeudamiento— redistribuye riesgos y oportunidades de forma duradera. Para la industria de defensa europea, es oxígeno; para el contribuyente alemán, una apuesta de largo plazo cuyo retorno depende de que la disuasión funcione antes de que la confrontación se materialice. La historia sugiere cautela: los rearmes acelerados resuelven vacíos de capacidad, pero también alteran equilibrios regionales que tardaron décadas en consolidarse. El verdadero test para Merz no será el presupuesto aprobado, sino la arquitectura de mando y la coordinación con aliados que determinarán si ese dinero compra seguridad real o solo la ilusión de ella.

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