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Adopción internacional desde China: una generación marcada por el trauma y el cierre del programa

El Gobierno chino cerró en 2024 su programa de adopción internacional, mientras adoptados como Alicia cuestionan la idealización del proceso y denuncian secuelas de identidad, racismo y salud mental. El caso expone los costos humanos de convertir una política estatal en relato de rescate.
Imagen generada con IA
Internacionallunes 28 de septiembre de 2026

A Alicia la recogieron del orfanato de Jiujiang cuando apenas tenía unos meses de vida. Nació en la China de la política del hijo único, una medida demográfica que, según la fuente, sancionaba a las familias que superaban la cuota permitida y, sumada a una preferencia cultural por los varones, desembocó en el abandono o la entrega forzada de miles de recién nacidas.

Entre 1992 y 2024, más de 160.000 niños chinos salieron de su país mediante adopción internacional, con más de 16.000 destinos fijados en España. Alicia fue una de ellas. A sus 28 años, usa sus redes sociales para desmontar la versión edulcorada de ese proceso y para señalar las secuelas que, dice, arrastra desde la infancia.

«Sufrimos un trauma mucho antes de poder verbalizarlo», relata. Durante años, creció escuchando que sus padres biológicos habían muerto ahogados tras el desbordamiento del río Amarillo en Jiujiang. Más tarde le dijeron otra cosa: que la habían encontrado en un mercado de frutas, como consecuencia de la política demográfica estatal. «Sientes la rabia de pensar que has pasado por todo esto porque has sido el experimento de un gobierno», indica.

En septiembre de 2024, el Gobierno chino anunció el cierre definitivo de su programa de adopción internacional. Alicia dice haber sentido alivio, porque eso «se le ahorra mucho sufrimiento a una nueva generación», pero también una pregunta inevitable sobre su propia vida: «Si no hubiese existido esta ley, yo sería otra persona, viviría en otro sitio o quizá viviría con mi familia biológica».

Su relato también subraya un punto que suele quedar fuera del debate público: el entorno social. Crecer como persona racializada en un colegio mayoritariamente blanco supuso, según cuenta, una experiencia de aislamiento constante. Había insultos en el patio de recreo y también clichés raciales en el aula. «Tú eres china, deberías aprobar en clase y saber estas cosas», recuerda que le decían algunos profesores.

Alicia dice que muchas personas desestimaban sus vivencias acusándola de «exagerar» o de «victimizarse». Frente a eso, insiste en que escoger un entorno más consciente del racismo y la discriminación fue clave para dejar de dudar de su propia realidad. También asegura que las redes le permitieron romper el aislamiento emocional y dar palabras a otras personas adoptadas que no sabían cómo nombrar lo que sentían.

Pero su denuncia va más allá del plano personal. Critica la escasez de profesionales de la psicología especializados en el trauma de la adopción, el apego y el racismo. «Es muy raro encontrar profesionales informados en el trauma de la adopción», dice. En su búsqueda de ayuda terapéutica, afirma haber dado con especialistas que minimizaban la violencia del racismo diario y la reducían a una falta de autoestima.

Ese vacío profesional importa porque la adopción no es solo un trámite familiar; también es una institución que, cuando se idealiza, puede esconder costes duraderos para quienes pasan por ella. Conviene mirar los incentivos: si el relato dominante convierte al niño en objeto de salvación, el riesgo es negar su condición de persona completa, con historia, heridas y derechos propios.

La historia sugiere cautela. La lectura complaciente de la adopción internacional suele favorecer a los adultos que buscan cerrar una necesidad, no necesariamente a los menores que cargan con el desarraigo. Cuando el aparato social premia el «buenismo» y castiga la incomodidad, el precio suele pagarlo quien menos voz tiene.

En este caso, el cierre del programa chino marca el final de una etapa, pero no resuelve por sí solo las heridas que dejó. El dato importa más que el ruido: detrás de la narrativa de rescate hubo políticas estatales, familias forzadas a decisiones extremas y miles de adoptados que hoy piden algo más básico que aplausos; piden ser vistos sin condescendencia.

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