El 17 de junio, Estados Unidos e Irán firmaron un memorando de entendimiento que abría una ventana de 60 días para negociar los programas nuclear y de misiles de Teherán, el régimen de sanciones y la libertad de navegación por el Estrecho de Ormuz. Este viernes se cumple exactamente la mitad de ese plazo. El balance es inquietante.
Lejos de avanzar hacia un acuerdo final, las primeras cuatro semanas estuvieron marcadas por ataques iraníes repetidos contra buques comerciales, cientos de bombardeos estadounidenses sobre infraestructura militar iraní y una cadena de represalias con misiles y drones en toda la región. El presidente Donald Trump declaró el cese al fuego «terminado».
La administración también retiró una de las concesiones más significativas que había ofrecido en el memorando: la exención temporal que permitía a Irán vender petróleo en los mercados internacionales. Además, restauró el bloqueo naval que había sido levantado tras la firma del acuerdo. Ambas medidas apuntan a intensificar la presión económica y militar sobre Teherán en la segunda mitad del plazo.
Con todo, el jueves Trump afirmó haber recibido una señal de apertura de Irán. «Recibimos una llamada justo cuando venía hacia acá, y quieren reunirse», dijo durante una entrevista en Fox News. Horas después añadió: «No les gusta lo que estamos haciendo, y sí quieren llegar a un acuerdo. Veremos si llegamos a uno, o simplemente lo terminamos». La misión iraní ante las Naciones Unidas no respondió de inmediato a solicitudes de comentario sobre el estado de las negociaciones.
La portavoz de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, confirmó en una rueda de prensa que Irán «continúa hablando con Estados Unidos». La declaración sugiere que el canal diplomático no está formalmente cerrado, aunque la distancia entre las posiciones públicas de ambas partes sigue siendo considerable.
Los ataques estadounidenses más recientes destruyeron sistemas de defensa costera iraníes y depósitos de misiles de crucero, con el objetivo declarado de degradar la capacidad de Teherán para interferir en el Estrecho de Ormuz, una de las arterias más críticas del comercio global de energía.
Si el plazo vence sin acuerdo, las dos partes quedarán sin una hoja de ruta diplomática para abordar el programa nuclear iraní ni para garantizar el tránsito seguro por el estrecho. Ese escenario tendría consecuencias directas sobre los mercados de petróleo y sobre la arquitectura de seguridad regional.
Conviene mirar los incentivos. La estrategia de la administración Trump combina presión máxima —sanciones, bloqueo, ataques— con una puerta entreabierta a la negociación. Es una apuesta de alto riesgo: si Teherán calcula que resistir treinta días más le cuesta menos que ceder en sus programas estratégicos, el memorando habrá servido únicamente para delimitar el calendario de una escalada. Si, por el contrario, la presión económica y militar resulta insostenible para el régimen, la llamada mencionada por Trump podría ser el primer paso real hacia un acuerdo. El dato importa más que el ruido: lo que se negocia —o no— en los próximos 30 días determinará si el Estrecho de Ormuz vuelve a ser una vía de comercio o se convierte en el epicentro de un conflicto de consecuencias impredecibles para la economía global.

