Hoy se cumplen 248 años de la creación del Virreinato del Río de la Plata. El 1° de agosto de 1776, la Corona española estableció su cuarta gran unidad de gobierno en América, con capital en Buenos Aires, una ciudad que en ese momento tenía entre veinte y veinticinco mil habitantes —modesta para los estándares imperiales de la época.
El impulso no fue administrativo sino estratégico. Durante casi dos siglos, la disputa por las dos márgenes del Río de la Plata había enfrentado a España y Portugal; la posesión sucesiva de Colonia del Sacramento era la expresión más visible de esa tensión. Al crear el nuevo Virreinato, Madrid buscaba consolidar el control español sobre ambas márgenes y frenar el avance portugués hacia el sur.
El territorio resultante era heterogéneo y, en buena medida, más desarrollado que Buenos Aires misma. Incorporaba la actual Bolivia —que entonces tenía salida directa al Pacífico por la zona de Antofagasta—, Paraguay y la actual República Oriental del Uruguay. Potosí, en el actual territorio boliviano, había llegado a ser en el siglo XVI la tercera ciudad de Occidente por cantidad de habitantes; la extracción de plata de esa región había sostenido durante generaciones al imperio español global.
La dimensión más singular del nuevo Virreinato fue geográfica: por el Tratado de San Ildefonso, firmado en ese mismo año, España recibió de Portugal una colonia en el Atlántico africano, la actual Guinea Ecuatorial, que quedó bajo la jurisdicción del Virreinato del Río de la Plata. Madrid trazó así un eje atlántico que unía Buenos Aires con ese territorio africano, atravesando todo el Atlántico Sur; en ocasiones, el control de Guinea se ejerció directamente desde el puerto de Montevideo. La presencia virreinal sobre esa colonia fue, sin embargo, débil.
El contexto global importa. Menos de un mes antes, el 4 de julio de 1776, las trece colonias norteamericanas declaraban su independencia de Gran Bretaña. La fuente consultada señala que no existe una relación formal entre ambos hechos, pero sí una conexión en la visión estratégica: con Gran Bretaña absorbida por la guerra en América del Norte, su influencia indirecta a través de Portugal sobre el Río de la Plata se había debilitado. El análisis sugiere que, sin esa guerra, Londres habría podido impulsar la división de las márgenes del río entre Buenos Aires y Río de Janeiro —objetivo que, medio siglo después, con la independencia de Uruguay y la gestión diplomática británica, terminaría cumpliéndose de todas formas.
El Virreinato existió apenas 35 años antes de que el movimiento emancipador se iniciara en su capital en 1810. Ese período breve, tras más de dos siglos de dependencia de Lima, fue insuficiente para consolidar una identidad política común. Al producirse la Revolución de Mayo, la soberanía del gobierno de Buenos Aires no alcanzaba —según la fuente— a la mayor parte de las actuales provincias de Mendoza, San Luis, Córdoba, Santa Fe ni a cerca del 80% del actual territorio bonaerense, que estaban en manos indígenas. Bolivia, Paraguay y Uruguay terminarían constituyéndose como repúblicas independientes; la relación con Guinea Ecuatorial quedó olvidada en medio de la guerra de independencia.
Conviene mirar los incentivos. El Virreinato del Río de la Plata no nació de una vocación de integración regional sino de la necesidad española de contener a un rival imperial. Esa lógica defensiva —y no una visión compartida de destino común— fue el cimiento sobre el que se construyó la unidad administrativa. Cuando el poder central en Madrid se debilitó, la arquitectura se desmoronó con una rapidez proporcional a la fragilidad de sus fundamentos. La historia sugiere cautela ante las unidades políticas cuya cohesión descansa en la amenaza externa antes que en instituciones y mercados comunes: duran mientras dura el peligro.



