A tres horas de Bogotá, Villa de Leyva se ha ganado un lugar entre los destinos que el turismo internacional compara con los ‘pueblos blancos’ de Andalucía. La comparación no es casual: el municipio boyacense fue construido bajo normas arquitectónicas españolas y, según el portal oficial Colombia Travel, se mantiene «muy conservado», con casas encaladas, ventanas y puertas de madera y grandes balcones.
El corazón del pueblo es su plaza central, empedrada y de más de 14.000 metros cuadrados, la más grande del país. Allí se levanta la Iglesia Parroquial, construida en la primera mitad del siglo XVII, y la Casa Cabildo, considerada una de las reliquias históricas de la villa.
El patrimonio civil también pesa en el atractivo del destino. La Casa de Nariño recuerda que allí murió el precursor de la independencia Antonio Nariño, el 13 de diciembre de 1823. A esto se suma la primera fábrica de destilaciones del Nuevo Reino de Granada —una de las primeras fábricas de licores del país— y la Casa natal de Ricaurte.
El entorno natural completa la oferta. El museo El Fósil exhibe un kronosaurus queenslandicus de 20 metros y unos 120 millones de años. El Infiernito, centro astronómico de los muiscas, conserva fragmentos de un observatorio y monolitos, mientras la Cueva de la Fábrica atrae a quienes practican espeleología. Las Cascadas de La Periquera, con una caída principal de 15 metros, y el Pozo de la Vieja redondean el circuito de naturaleza y leyenda que rodea el casco urbano.
El clima seco y semiárido del valle, que evoca zonas del Mediterráneo español, y las calles empinadas y empedradas terminan de justificar el paralelo con Andalucía que difunden medios y operadores turísticos.
Conviene mirar los incentivos detrás de esta postal. Villa de Leyva no debe su atractivo a un plan estatal de reconstrucción ni a un subsidio reciente: es la conservación sostenida de un trazado colonial —producto de normas arquitectónicas de siglos atrás y de la disciplina de propietarios y comunidad local— la que hoy convierte al municipio en un activo económico replicable. El patrimonio bien cuidado, sea religioso, civil o natural, funciona como capital de largo plazo que atrae visitantes sin depender del ciclo político de Bogotá.
La historia sugiere cautela frente a la tentación de reducir el turismo cultural a una cifra de temporada. Lo que distingue a Villa de Leyva de tantos cascos históricos deteriorados en la región es precisamente la preservación privada y comunitaria de fachadas, plazas y edificaciones, un activo que ninguna campaña de promoción puede sustituir si el mantenimiento cotidiano falla. El dato importa más que el ruido: una plaza de 14.000 metros cuadrados y una arquitectura intacta desde el siglo XVII son, ante todo, resultado de decisiones sostenidas de cuidado, no de un anuncio oficial.



