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Falucho: el soldado que eligió el fusilamiento antes que la traición a la causa emancipadora

Antonio Ruiz, cabo del Ejército de los Andes, resistió un motín en el Callao en 1824 y pagó con su vida la lealtad a la bandera patria.
Foto: lanacion.com.ar
Culturajueves 3 de septiembre de 2026

Antonio Ruiz, conocido en la historia militar sudamericana como Falucho, fue un soldado de origen africano cuya foja de servicio lo ubica en los combates decisivos de la independencia sudamericana. Combatió bajo el mando de Manuel Belgrano en el Batallón de Pardos y Morenos, integrante del Ejército del Norte, y participó en los enfrentamientos de Tucumán en 1812, y de Salta, Vilcapugio y Ayohuma en 1813.

Más tarde se sumó a las huestes sanmartinianas. Con el Batallón 8 de Los Andes intervino en las batallas de Chacabuco, en 1817, y Maipú, en 1818, ambas en territorio chileno. Acompañó luego al ejército Libertador hasta el Perú, donde encontraría su final.

El historiador Bartolomé Mitre, citado por la nota, describe la predilección de José de San Martín por los soldados negros libertos, a quienes «proclamaba poniéndose al nivel de ellos». El propio Mitre recoge la advertencia del general a los pardos y morenos bajo su mando: si los españoles los derrotaban, volverían a ser esclavizados y vendidos.

El episodio que selló el destino de Falucho ocurrió a comienzos de febrero de 1824 en el Callao, plaza portuaria peruana bajo control patriota desde 1821. Allí, en la Fortaleza de Real Felipe, se encontraba una guarnición formada por integrantes del extinto Ejército de los Andes, rebautizado Regimiento del Río de la Plata.

La situación de la tropa era crítica. Se les adeudaban cinco meses de sueldo y muchos ansiaban regresar a la Argentina o a Chile tras años de campaña. Temían, además, ser enviados al norte para reforzar las fuerzas de Simón Bolívar. Mitre describe a esos soldados como «desnutridos, impagos y sufriendo hasta hambre», y a la antigua división de los Andes como «un cuerpo sin alma».

En la noche del 4 al 5 de febrero, los sargentos Dámaso Moyano y Francisco Oliva encabezaron un motín. Junto a un grupo de soldados, tomaron la fortaleza y encarcelaron a los oficiales criollos. El objetivo original era mejorar las condiciones de la tropa, pero la situación escaló: los oficiales presos aún conservaban ascendencia sobre parte de la tropa, muchos amotinados dudaban y crecía el temor a un futuro consejo de guerra.

Sobrepasados, los líderes de la sublevación recurrieron a los españoles y consultaron al coronel realista José María Casariego. Fue en ese contexto de negociación con el enemigo donde Falucho, según recoge la nota, se negó a sumarse a la traición y, por ello, terminó fusilado antes que rendir honores a la bandera española.

El relato del cabo Falucho inspiró, décadas después, la primera estatua de la ciudad de Buenos Aires realizada por un escultor argentino: la obra de Lucio Correa Morales, que fijó en bronce la figura del soldado moreno.

La historia de Falucho no es solo una anécdota patriótica. Es también un recordatorio de que las instituciones que hoy se dan por sentadas —una cadena de mando, una paga puntual, un juramento a una bandera— fueron, en su origen, frágiles construcciones sostenidas por decisiones individuales tomadas bajo presión extrema.

El motín del Callao no nació del fanatismo ideológico, sino de incentivos muy concretos: sueldos impagos, agotamiento y el temor a una guerra ajena. Conviene mirar los incentivos: cuando el Estado —cualquier Estado, en cualquier época— falla en sus obligaciones básicas con quienes lo sirven, abre la puerta a la deslealtad. Que un soldado eligiera la muerte antes que la traición no invalida esa lección; la vuelve más elocuente.

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