Una publicación en X volvió a poner sobre la mesa una discusión tan antigua como el país: cómo se habla en cada rincón de Colombia. El usuario @luisangelgd compiló una lista de palabras propias del habla paisa —la de Antioquia— que resultan incomprensibles para el resto de la población. La lista, según reportó El Colombiano, incluye términos como «traído» (regalo del Niño Dios), «manga» (pasto), «parva» (pan), «mirella» (escarcha), «cuido» (comida de perro), «ficho» (turno) y «poyo» (mesón de cocina).
El post generó una cascada de aportes de otros usuarios, que ampliaron el catálogo con palabras como «canilla» (grifo), «lapicero» (esfero), «perico» (café en leche pequeño), «estripar» (espichar) y «cloch» (embrague). También surgieron variantes con equivalentes regionales cruzados: «gallinazo» se dice «chulo» en Bogotá y «golero» en la costa; lo que en el interior es «cartuchera» en la costa es «bolsa de colores».
En la redacción del propio medio, la diversidad de acentos —bogotanos, guajiros, santandereanos, caleños, cuyabros, llaneros y chocoanos— sirvió de espejo del fenómeno nacional. La sorpresa de un editor bogotano al oír hablar de sentarse «en la manguita» resume, a escala pequeña, lo que ocurre en el país entero cuando dos regiones cruzan palabras.
Adriana Ortiz, coordinadora del Doctorado en Lingüística de la Universidad de Antioquia, explicó al medio que este tipo de lenguaje es heredado y aprendido, y que es el contexto comunicativo el que determina qué variedad se usa. «Tenemos un solo idioma, el español o castellano, y hay variedades dentro del mismo, que recibe el nombre de dialecto o variantes dialectales, que son diferencias que hay al interior de una misma lengua», precisó Ortiz. Según la lingüista, este fenómeno ocurre en todas las lenguas, y la particularidad reside en que, al viajar a otro país hispanohablante, la comunicación sigue siendo posible pese a las diferencias, porque se trata de una misma lengua.
Ortiz añadió que el uso de estas palabras tiene su base en relaciones sociales horizontales —familia y amigos, sin jerarquías—, lo que explica un habla «más coloquial, más libre, más espontánea» y «menos cuidada», que se apoya en el vocabulario disponible en la memoria de cada hablante. Para la investigadora, la conversación viral evidencia que Colombia no habla una sola lengua homogénea, sino que conviven diferencias que caracterizan a cada comunidad de hablantes.
El fenómeno no es exclusivo de Antioquia. Los mismos usuarios aportaron ejemplos de otras regiones: «arrastraderas» (sandalias), «bochinche» (desorden), «coca» (lonchera) y «natillera» (grupo de ahorro informal), términos que también generan extrañeza fuera de sus zonas de origen.
El dato importa más que el ruido: ninguna instancia oficial —ni la Academia, ni el Estado, ni la escuela pública— ha logrado, ni intentado con éxito, homogeneizar el habla cotidiana de un país tan geográficamente fragmentado como Colombia. Y no hace falta que lo haga. La proliferación espontánea de estos modismos, sostenida por redes sociales sin mediación institucional, demuestra que la identidad regional se preserva mejor por la vía orgánica de la costumbre que por cualquier decreto de estandarización lingüística.
Conviene mirar los incentivos: la diversidad dialectal no es un obstáculo a resolver desde arriba, sino una expresión de la descentralización cultural que las políticas centralistas suelen subestimar. Que Bogotá no entienda «mirella» y Medellín no entienda ciertos giros costeños no fragmenta el país; lo describe con mayor precisión que cualquier mapa oficial.



