Un trabajo rutinario de jardinería se convirtió en un pequeño enigma histórico en San Francisco. Greg Gatwood, mientras removía tierra en el patio de su casa en el barrio de Russian Hill, creyó encontrar un bloque de concreto. Terminó desenterrando una escultura de piedra caliza de aproximadamente 150 libras —unos 68 kilos— y dos pies de ancho.
Gatwood contó a Fox News Digital que intentó romper la pieza con una pala y luego con un pico, hasta que distinguió lo que parecían ser labios y una nariz «mirándolo» desde la tierra. Su pareja, Judy Gittelsohn, artista profesional, describió el hallazgo como algo «cinematográfico»: una figura de considerable tamaño y factura cuidada, oculta bajo el jardín de su propia vivienda.
El descubrimiento ocurrió en mayo, pero tres meses después la pareja aún no tiene certezas sobre el origen de la pieza. Gittelsohn emprendió una investigación propia y, según explicó, la evidencia apunta a los años treinta, posiblemente vinculada a artistas que trabajaron bajo la Works Progress Administration (WPA), el programa de empleo público estadounidense de la era de la Gran Depresión.
La pista central es geográfica: la casa de la pareja está cerca del antiguo San Francisco Art Institute, donde el escultor Ralph Stackpole enseñó durante décadas. Gittelsohn sostiene que la pieza podría estar conectada con Stackpole o con alguno de sus alumnos. Un segundo indicio respalda esa hipótesis: el material. La escultura fue tallada en piedra caliza, un material relativamente económico, y no en mármol o granito, opciones más costosas que un artista consolidado o un encargo institucional habrían privilegiado.
Gatwood, por su parte, cree que la figura pudo haber servido originalmente como ornamento de jardín, exhibida al aire libre, y que con el paso de los años quedó cubierta por tierra y vegetación hasta desaparecer de la vista.
Ni Gatwood ni Gittelsohn han logrado, hasta el momento, identificar con certeza al autor ni las circunstancias exactas que llevaron a que la pieza terminara enterrada en lo que hoy es su patio. La búsqueda continúa, apoyada en archivos de la época y en el conocimiento de Gittelsohn sobre la escena artística local.
El episodio, menor en apariencia, ilustra algo que trasciende la anécdota: buena parte de la memoria material de una ciudad no sobrevive en museos ni en registros oficiales, sino enterrada bajo propiedades privadas, a la espera de que un propietario curioso —y no una agencia pública— decida cavar. La iniciativa individual, más que el archivo institucional, fue lo que sacó esta pieza a la luz.
Conviene notar también el detalle económico que aporta la propia dueña: la elección de un material barato como pista para descartar un origen de encargo oficial o de gran prestigio. Es un recordatorio de que hasta en el arte los incentivos económicos de la época —qué podía costear un artista o una institución en plena Depresión— dejan huellas que, décadas después, ayudan a reconstruir una historia sin necesidad de documentos.



