El presidente Donald Trump negó ayer que Estados Unidos esté negociando con líderes de Irán y puso el énfasis en la presión económica como herramienta de política exterior. «No hay mucho de qué hablar, no queremos hablar con ellos, no estamos buscando reunirnos ni nada», declaró.
El mandatario sostuvo que la República Islámica «ahora mismo no está pagando a sus tropas, están en graves problemas, tienen muy poca capacidad». Sobre el estrecho de Ormuz, afirmó: «tenemos el control y el bloqueo, Irán no está recibiendo nada, nada está pasando, ni un solo barco».
Trump agregó que la limpieza de minas en la zona está completa y que la vigilancia es constante: «hemos limpiado totalmente el estrecho de minas y estamos vigilándolo muy de cerca a través de la Fuerza Espacial. Vemos cada pulgada del estrecho y cualquier barco que entra con una mina, lo vemos y lo sacamos».
Las declaraciones coinciden con el anuncio de nuevas sanciones de Washington contra Irán, en lo que se describe como un intento de «asfixiar» la economía de la República Islámica.
Mientras tanto, en Teherán, el canciller iraní Abás Araqchi recibió al jefe de la diplomacia de Qatar, el jeque Mohammed bin Abdulrahman Al Thani, quien también es primer ministro qatarí. La televisión estatal iraní confirmó el encuentro sin dar más detalles.
La cancillería de Qatar indicó que la conversación abordó los esfuerzos para reducir la tensión y el marco propuesto para el estrecho de Ormuz entre Irán y Omán. Al Thani «hizo hincapié en la necesidad de respetar la soberanía de los estados vecinos y la libertad de navegación», y afirmó en la red social X que «Qatar considera que el diálogo y la diplomacia siguen siendo la mejor manera de superar las crisis».
La visita se produce tras una semana de intensa actividad diplomática en Irán orientada a poner fin al conflicto y reabrir el estrecho, una vía por la que transita buena parte del comercio energético mundial.
En paralelo, Irán negocia desde hace semanas con Omán las condiciones de navegación por Ormuz, con la ambición de cobrar un peaje en concepto de «servicios» por el tránsito de buques, algo que no ocurría antes de la guerra. Los Guardianes de la Revolución afirmaron el miércoles que ambos países acordaron repartirse los beneficios de esas tasas.
El contraste es elocuente: Washington cierra la puerta a la mesa de negociación y confía en el desgaste financiero del régimen iraní, mientras Teherán busca en la vía marítima —y en un socio regional como Qatar— una salida que le permita recuperar ingresos y margen de maniobra.
Conviene mirar los incentivos. Si Irán intenta monetizar el estrecho con un peaje inédito, es porque las sanciones y el bloqueo naval ya erosionan su capacidad de sostener a sus fuerzas, según la propia versión de la Casa Blanca. Esa lectura favorece la estrategia de presión económica sobre la de concesiones diplomáticas, y coincide con el diagnóstico que Washington ha mantenido bajo la actual administración: el poder de negociación se construye con costos reales, no con gestos de buena voluntad.
La apuesta no está libre de riesgo. Un régimen acorralado económicamente puede buscar ingresos alternativos —como el cobro por navegación— que tensionen aún más el tráfico marítimo global y encarezcan el transporte energético. El dato importa más que el ruido: mientras no haya negociación formal, la variable a vigilar será el comportamiento del comercio por Ormuz y la respuesta de los mercados energéticos ante cualquier fricción adicional en la ruta.



