El presidente estadounidense, Donald Trump, amenazó con golpear a Irán «con fuerza» después de que ambos países reanudaran sus ataques cruzados. La declaración, reportada por un periodista de Fox News que dijo haber hablado brevemente con él, se produjo tras el episodio más intenso del conflicto en un mes.
El domingo, Estados Unidos anunció que había atacado una isla iraní en el estrecho de Ormuz. Washington indicó que el objetivo eran lanzacohetes iraníes situados en la isla de Larak, con el propósito de impedir que Teherán colocara minas en ese paso marítimo. Irán respondió con ataques contra Jordania y Emiratos Árabes Unidos.
El presidente iraní, Masud Pezeshkian, consideró en cambio que continuar la guerra con Washington no beneficia a su país y abogó por el diálogo, en un giro que contrasta con la escalada militar de los últimos días.
El conflicto cumple seis meses desde que comenzó con ataques conjuntos de Estados Unidos e Israel. Desde entonces, Irán mantiene un bloqueo sobre el estrecho de Ormuz, paso estratégico por el que, antes de la guerra, transitaba una quinta parte de las exportaciones mundiales de hidrocarburos. Estados Unidos, por su parte, mantiene un cerco contra puertos iraníes.
El mercado reaccionó de inmediato: el precio del barril de Brent rebotó y cerró el lunes por encima de los 90 dólares, un reflejo directo del riesgo que representa para el comercio energético global cualquier interrupción prolongada en Ormuz.
En paralelo al frente militar, Washington sostiene su ofensiva económica. En Asheville, Carolina del Norte, donde se celebra la reunión de ministros de Finanzas del G20, el secretario del Tesoro, Scott Bessent, confirmó que Estados Unidos mantendrá su política de presión económica sobre Irán. «Ya hemos tenido muy buenas conversaciones aquí», dijo Bessent a la prensa antes del encuentro, y añadió que un punto de inflexión en esta campaña podría llegar «en cuestión de semanas o meses».
La combinación de firmeza militar y presión financiera sostenida define la estrategia de la administración Trump frente a Teherán: ni distensión unilateral ni escalada abierta, sino un cerco que busca forzar concesiones sin comprometer una guerra prolongada. Conviene mirar los incentivos: cada barril que sube de precio castiga a los consumidores globales, pero también eleva el costo político de mantener el bloqueo para el propio régimen iraní, cuya economía depende en gran medida de esas exportaciones.
El giro de Pezeshkian hacia el diálogo, apenas horas después del intercambio de ataques, sugiere que el cálculo en Teherán ha comenzado a inclinarse hacia la negociación. La historia sugiere cautela, sin embargo: los llamados a la distensión desde Irán no siempre han coincidido con gestos concretos de desescalada, y Washington ha optado por sostener la presión económica en lugar de aflojarla ante señales todavía verbales.
Para los mercados energéticos y para las capitales aliadas de Estados Unidos, el dato relevante no es la retórica de Trump, sino el calendario que maneja el Tesoro. Si Bessent cumple su pronóstico de un punto de inflexión en semanas, la pregunta que queda abierta es si ese quiebre llegará por colapso económico iraní o por una nueva escalada militar que vuelva a poner en jaque el tránsito por Ormuz.



