El conflicto que el presidente Donald Trump anticipó como cosa de cuatro o cinco semanas cumple seis meses sin señales de cierre. La guerra ha remecido la economía global, tensionado alianzas regionales y, según coinciden los analistas consultados por The New York Times, no ha logrado ni derrocar al régimen de Teherán ni desmantelar su programa nuclear. Irán, por el contrario, controla de facto el estrecho de Ormuz, arteria vital del petróleo mundial.
El costo político para Trump no es menor: el desgaste erosiona su popularidad entre los votantes de cara a las elecciones de medio mandato de noviembre, en las que se renueva el Congreso. La Casa Blanca enfrenta además un margen de maniobra militar más estrecho de lo que admite en público: la República Islámica ha resistido bombardeos intensos y ha respondido al ejército más poderoso del mundo con minas y drones, mientras la administración republicana sopesa la disminución de sus reservas de municiones tras meses de guerra, lo que inquieta a quienes vigilan la preparación militar estadounidense en otros frentes.
El 28 de febrero, cuando Washington lanzó los ataques, Trump prometió a los iraníes que «la hora de su libertad está cerca». Seis meses después, la estrategia vira hacia el ahogo económico: sanciones para presionar una rebelión interna contra el régimen, en lugar de una escalada militar que el propio Trump ha evitado hasta ahora.
En Teherán, la muerte del líder supremo Alí Jamenei al comienzo de la guerra y la sucesión de su hijo Mojtaba dejaron una dirigencia cada vez más dominada por militares, que —según The New York Times— equiparan su propia supervivencia con la de la nación y han endurecido la represión de cualquier disidencia.
«La guerra no ha logrado los objetivos de Estados Unidos», afirmó Sanam Vakil, directora del programa para Medio Oriente y el Norte de África en Chatham House. Suzanne Maloney, de la Brookings Institution, fue más tajante: «Le causamos mucho daño a Irán, pero han salido fortalecidos». Los países vecinos, agrega el diagnóstico, han optado por aprender a convivir con una República Islámica que no desaparecerá.
El reacomodo regional ya es visible. Pakistán, Turquía y Arabia Saudita firmaron este mes el Acuerdo Conjunto de Defensa de La Meca, que el canciller turco Hakan Fidan describió como la «OTAN de Medio Oriente», aunque aclaró que no apunta contra Irán. El pacto declara que un ataque contra uno de los tres será considerado ataque contra todos, pero no establece mando central, ni vías para lograr mayor interoperabilidad, ni obligaciones claras de gasto o adquisición de material de defensa, y tampoco menciona armas nucleares.
Para Arabia Saudita, el acuerdo refuerza su influencia frente a un Irán más audaz y a las limitaciones de la disuasión estadounidense en la región. «Riad se posiciona como referente de estabilidad regional en un momento en que las otras grandes potencias regionales, Irán e Israel, son percibidas como fuerzas desestabilizadoras», escribió Allison Minor en un ensayo del Atlantic Council. Michael Kugelman, del mismo think tank, sostiene que el pacto otorga a Pakistán —con población mayoritariamente musulmana y capacidad nuclear— mayor prestigio en la arquitectura de seguridad regional.
En medio de todo esto, Trump ha emitido versiones contradictorias sobre el estado de las negociaciones con Irán y sobre el estrecho de Ormuz, lo que ha obligado a la propia Casa Blanca a salir a aclarar sus dichos.
Conviene mirar los incentivos. Sustituir la fuerza militar por sanciones económicas es, en el papel, la opción más prudente para una potencia que no quiere sobreextenderse ni agotar su arsenal en un teatro secundario. Pero el precio de esa cautela es una región donde los aliados tradicionales de Washington —Riad, Ankara, Islamabad— ya no esperan sentados: construyen andamiaje propio de seguridad, con o sin el paraguas estadounidense. La disuasión, cuando se percibe débil, no desaparece: simplemente cambia de manos.
El dato importa más que el ruido: Irán controla Ormuz y su liderazgo se ha militarizado, no colapsado. La historia sugiere cautela ante cualquier promesa de victorias rápidas en Medio Oriente, y un recordatorio incómodo de que la credibilidad estratégica se construye con resultados verificables, no con plazos anunciados en campaña.



